UN ESPACIO VIRTUALDE CREACIÓN Y REFLEXIONES QUE EMPODERAN.UNA REGIÓN QUE NARRA.
Narrativas de resistencia es el componente virtual de nuestra estrategia Veni Te Leo, desde donde impulsamos la lectura y la escritura como estrategias de empoderamiento, difusión de liderazgos y configuración de una red círculos de lectura y escritura en el Pacífico, Medellín, Cartagena y Bogotá.
Buscamos conectar a líderes y lideresas, promotores locales de lectura, gestores culturales, estudiantes, docentes, organizaciones y a todas las personas relacionadas e interesadas con el mundo de la lectura y la escritura, con poemas y relatos de la diáspora africana desde los cuales se realice un ejercicio de reflexión y análisis que les permita replantear la influencia de los afrodescendientes en el mundo desde nuevas miradas.
Junto a ti - David Diop
Junto a ti he recobrado mi nombre
Mi nombre oculto hace mucho bajo la sal de las distancias
He recobrado mis ojos que ya no son velados por fiebres
Y tu risa como una llama hace agujeros en la oscuridad
Me has devuelto África más allá de la nieve de ayer
Diez años de mi amor
Y las mañanas de ilusiones y la ruina de las ideas
Y los sueños poblados de alcohol
Diez años y la respiración del mundo ha derramado
Su dolor sobre mí
Dolor que llena el presente con el sabor de mañanas
Y hace del amor un río inconmensurable
Junto a ti he recobrado la memoria de mi sangre
Y collares de risa alrededor de los días
Días que brillan con renovadas alegrías
Close to You - David Diop
Close to you I have regained my name
My name long hidden beneath the salt of distances
I have regained eyes no longer veiled by fevers
And your laugh like a flame making holes in the dark
Has given Africa back to me beyond the snows of yesterday
Ten years of my love
And mornings of illusion and wreckage of ideas
And sleep peopled with alcohol
Ten years and the breath of the world has poured its
pain upon me
Pain that loads the present with the flavor of tomorrows
And makes of love an immeasurable river
Close to you I have regained the memory of my blood
And necklaces of laughter around the days
Days that sparkle with joys renewed.
Autor: David Diop – Francia & Africa Occidental
Traducción: Irene Aponte Colombia – Buenaventura
África mi África - David Diop
África mi África
África de guerreros orgullosos en sabanas ancestrales
África de quien mi abuela canta
A orillas del río distante
Yo nunca te he conocido
Pero tu sangre fluye en mis venas
Tu hermosa sangre negra que riega los campos
La sangre de tu sudor
El sudor de tu trabajo
El trabajo de tu esclavitud
África, dime África
Es esta tu espalda que es firme
Esta espalda que nunca se rompe bajo el peso de la humillación
Esta espalda temblorosa con cicatrices rojas
Y diciendo no al látigo bajo el sol del mediodía
Pero una voz grave me responde
Impetuoso niño ese árbol, joven y fuerte
Aquel árbol de allá
Espléndidamente solo en medio de flores blancas y descoloridas
Esa es tu África brotando de nuevo
Brotando pacientemente, obstinadamente
Cuyo fruto poco a poco consigue
El sabor amargo de la libertad.
Africa my Africa - David Diop
Africa my Africa
Africa of proud warriors in ancestral savannahs
Africa of whom my grandmother sings
On the banks of the distant river
I have never known you
But your blood flows in my veins
Your beautiful black blood that irrigates the fields
The blood of your sweat
The sweat of your work
The work of your slavery
Africa, tell me África
Is this your back that is unbent
This back that never breaks under the weight of humiliation
This back trembling with red scars
And saying no to the whip under the midday sun
But a grave voice answers me
Impetuous child that tree, young and strong
That tree over there
Splendidly alone amidst white and faded flowers
That is your Africa springing up anew
springing up patiently, obstinately
Whose fruit bit by bit acquires
The bitter taste of liberty.
Autor: David Diop – Francia & Africa Occidental
Traducción: Irene Aponte Colombia – Buenaventura
Autor: Niyi Osundare –África Occidental
Traducción: Julieth Balanta Colombia – Buenaventura
El líder y los dirigidos- Niyi Osundare
El león presenta su candidatura
al liderazgo de la manada
Pero los antílopes recuerdan
El feroz salto de sus patas
La hiena dice que la corona está hecha para ella.
Pero las gacelas se estremecen ante su letal apetito
La Jirafa anhela un lugar al frente
Pero sus ojos están muy lejos del suelo
Cuando la cebra dice que tiene derecho a liderar
La manada apunta a la duplicidad de sus rayas.
El elefante se mete en la discusión
Pero sus colegas temen sus pisotones
El jabalí es demasiado feo
El rinoceronte demasiado revoltoso
Y la manada se agita
Como una serpiente sin cabeza
“Nuestra necesidad exige un hibrido de hábitos”
Proclama el sabio del bosque.
Un poco de león
Un poco de cordero
Resistente como un tigre, compasivo como un conejo
Transparente como un río, misterioso como un lago
Un líder que sabe cómo seguir
Seguidores conscientes de su derecho a liderar.
The Leader and the Led - Niyi Osundare
The Lion stakes his claim
To the leadership of the pack But the Antelopes remember
The ferocious pounce of his paws
The hyena says the crown is made for him
But the Impalas shudder at his lethal appetite
The Giraffe craves a place in the front
But his eyes are too far from the ground
When the Zebra says it's his right to lead
The pack points to the duplicity of his stripes
The Elephant trudges into the power tussle
But its colleagues dread his trampling feet
The warthog is too ugly
The rhino too riotous
And the pack thrashes around
Like a snake without a head
"Our need calls for a hybrid of habits"
Proclaims the Forest Sage,
"A little bit of a Lion
A little bit of a Lamb
Tough like a tiger, compassionate like a doe
Transparent like a river, mysterious like a lake
A leader who knows how to follow
Followers mindful of their right to lead"
Autor: Gabriel Okara –África Occidental
Traducción: Luisa Yurleidy Barcos Romaña Colombia – Quibdo
Había una vez - Gabriel Okara
Había una vez, hijo
En la que solían reír con sus corazones
Y reír con sus ojos:
Pero ahora solo ríen con sus dientes
Mientras sus ojos fríos como bloques de hielo
Buscan detrás de mi sombra.
Hubo un tiempo, en efecto
En el que solían estrechar las manos con sus con afecto
Pero ese se ha ido, hijo
Ahora estrechan las manos sin sentirlo
Mientras sus manos izquierdas buscan
En mis bolsillos vacíos.
“Siéntase como en casa!”, “Vuelva otra vez”:
Dicen, y cuando vuelvo
De nuevo y me siento
en casa, una vez, dos veces
No habrá una tercera vez
pues entonces encuentro que ante mis narices me cierran todas las puertas
Así he aprendido muchas cosas, hijo.
He aprendido a llevar muchos rostros
Como vestidos- cara de estar en casa
Cara de estar en la oficina, cara de estar en la calle, cara de ser un anfitrión
Cara de fiesta, con todas sus sonrisas conformes
Como una sonrisa fija en un portarretrato
Y también he aprendido
A reír con mis dientes
Y a dar las manos sin sentirlo
Y también he aprendido a decir “Adiós”
Cuando quiero decir “Lárgate”
Decir “Me alegro conocerte”
Sin alegrarme; y decir “Ha sido
Un gusto hablar contigo”, después de estar aburrido.
Pero créeme, hijo
Quiero ser lo que solía ser
Cuando era como tú. Yo quiero
Desaprender todas estas cosas silenciadas
Más que todo, quiero volver a aprender
Cómo reír, porque mi sonrisa en el espejo
Muestra solo mis dientes como los colmillos de una serpiente!
Así, muéstrame, hijo
Cómo reír; muéstrame cómo
Solía reír y sonreír
Había una vez cuando era como tú
Once Upon A Time by Gabriel Okara
They used to laugh with their hearts
But now they only laugh with their teeth
While their ice-block-cold eyes
They used to shake hands with their hearts
Now they shake hands without hearts
"Feel at home!", "Come again":
For then I find doors shut on me
So I have learnt many things, son
I have learned to wear many faces
Officeface, streetface, hostface
Cocktailface, with all their conforming smiles
And shake hands without my heart
I have also learned to say "Goodbye"
Without being glad; and to say "It's been
Nice talking to you", after being bored
I want to be what I used to be
When I was like you. I want
To unlearn all these muting things
Most of all, I want to relearn
How to laugh, for my laugh in the mirror
Tú y Yo - Lebogang Mashile
Somos los guardianes de los sueños
Los moldeamos en haces de luz
y los tejemos en costuras de vida.
Tú y yo
Sabemos que la vida no es lo que parece
Despojamos la grasa de la magra
Y encontramos los hechos en el medio
Las visiones que redimimos
Y la agonía de la elección
La tuya es solo una mente
Y la mía es solo una voz
Pero cuando amamos
Amamos con un calor que se elevaría como una canción en vuelo
Sobre la carne de nuestra espalda
Si es amor lo que nos falta
Caminemos con el dolor que vemos
Intercambio de amor que odiamos
Mientras caminamos a través de la indecisión desvaneciéndose de miedo
Montamos la cresta de la intuición en el viaje de esta vida.
Y por las manos del infinito oímos los gritos del resto
Atados por su inteligencia,
sometiendo a esta prueba
Pero tú y yo
Empujamos el límite de la razón
Tú y yo
Trazamos el misterio de las estaciones
Tú y yo
Pintamos esta historia para hombres libres
Nada puede ser detenido cómo tú y yo
Tú y yo
Somos los guardianes de los sueños
Los moldeamos en haces de luz
y los tejemos en costuras de vida.
You and I - Lebogang Mashile
We are the keepers of dreams
We mould them into light beams
And weave them into life's seams
You and I
Know life is not what it seems
We strip the fat from the lean
And find the facts in between
The visions we redeem
And the agony of choice
Yours is just a mind
And mine is a just a voice
But when we love
We love with a heat that would rise like a song in flight
On the flesh of our backs
If it's love that we lack
Then we walk with the pain that we see
Love exchange that we spite
As we walk through indecision fading in fright
We ride the crest of intuition on the journey of this life
And by the hands of the infinite we hear the cries of the rest
Weighed down by their intelligence submitting to this test
But you and I
Push the boundary of reason
You and I
Plot the mystery of seasons
You and I
Paint this history to free men
Nothing can be stopped like you and I
You and I
We are the keepers of dreams
We mould them into light beams
And weave them into life's seams
Autor: Lebogang Mashile – Sudáfrica
Traducción: Paola Andrea Grueso Colombia – Buenaventura
Cuenta tu historia - Paola Grueso
Después de que ellos se hayan alimentado de tus memorias
Borrado sueños de tus ojos
Roto las costuras de la cordura
Y pegado lo que queda junto con las mentiras,
Después de que las elecciones y voces te hayan dejado solo
Y el silencio crece sólido
Adhiriéndose como carne a tus huesos.
Ellos siempre han conocido el hogar de tu espíritu
Acostado en tu suave dominio
a la luz y a la sustancia
Pero espejos hastiados y falsos profetas tienen su manera
De sacarte de ti mismo
Tú que vives con siete nombres
Tú que andas con siete caras
Ninguno puede eliminar tu dolor.
Cuenta tu historia
Deja que te nutra,
Sostenerte
Y reclamarte
Cuenta tu historia
Deja que te alimente,
Curarte
Tell your story - Lebogang Mashile
After they've fed off of your memories
Erased dreams from your eyes
Broken the seams of sanity
And glued what's left together with lies,
After the choices and voices have left you alone
And silence grows solid
Adhering like flesh to your bones
They've always known your spirit's home
Lay in your gentle sway
To light and substance
But jaded mirrors and false prophets have a way
Of removing you from yourself
You who lives with seven names
You who walks with seven faces
None can eliminate your pain
Tell your story
Let it nourish you,
Sustain you
And claim you
Tell your story
Let it feed you,
Heal you
And release you
Tell your story
Let it twist and remix your shattered heart
Tell your story
Until your past stops tearing your present apart
Autor: Lebogang Mashile – Sudáfrica
Traducción: Paola Andrea Grueso Colombia – Buenaventura
traductoras
Paola Andrea Grueso Colombia – Buenaventura
Participante del Laboratorio de Literatura Africana. Contadora Pública de la Universidad del Valle con diplomados en Finanzas y Gestión de Proyectos Su trayectoria ha estado orientada al trabajo social en fundaciones como la Fundación Carvajal que tienen como objetivo mejorar las condiciones de vida de poblaciones vulnerables Participó en procesos de formación con jóvenes y niños del Distrito de Buenaventura.
Irene Aponte - Buenaventura
Participante del Laboratorio de Literatura Africana (2019). Contadora Pública egresada de la Universidad del Valle Escritora de poesía y amante de la lectura Ha sido auxiliar contable y asesora de microcrédito del Banco Agrario y como independiente en temas de planeaciones de renta y consultorías contables Participante de Voces en el Espero.
Luisa Yurleidy Barcos Romaña Colombia – Quibdo
Participante del Laboratorio de Literatura Africana. Magíster en Literatura de la Universidad Javeriana.
Julieth Balanta Colombia – Buenaventura
Participante del Laboratorio de Literatura Africana. Profesional en Estudios Políticos y Resolución de conflictos de la Universidad del Valle en Cali Abogada de la Universidad Santiago de Cali, Magíster de la Universidad de California en Estudios Críticos Raciales Participante del movimiento Afroriente de Cali, un grupo de organizaciones que fueron fortalecidos en temas jurídicos organizacionales acompañados por jóvenes como Julieth En el 2018 fue profesional de Apoyo en CODHES Actualmente es docente de tiempo completo en el Programa de Sociología de la Universidad del Pacífico Ex becaria del Programa de becas MLK del Centro Colombo Americano de Cali.
Antología Laboratorio DeLiteratura Africana
Estas narraciones hacen parte del producto final de nuestro programa “Laboratorio de Literatura Africana -Maneno Ya Kuwezesha” (2019), el cual buscamos impulsar la literatura como estrategia de empoderamiento de comunidades étnicas y configurar una red capacitada de promotores de lectura en el Litoral Pacífico. Durante el desarrollo del programa se introdujo a líderes y lideresas de Buenaventura, Tumaco y Quibdó, en los mejores textos y autores de la esfera literaria africana, a través del acompañamiento del experto en literatura africana y doctor en Literatura Comparada de la Universidad de Bayreuth en Alemania, Gilbert Shang Ndi.
‘Buenaventura’. Cada vez que oigo nombrarla o hago referencia a esta ciudad del Valle del Cauca, (de donde soy y donde nací) mi mente empieza a rearmarla y la imagino como una matrona meciéndose en un sillón, como una mujer grande, robusta, rotundamente negra, simpática y con su frente iluminada por el imponente sol de la costa Pacífica colombiana.
Recuerdo que, en mi infancia, cuando llegaba del colegio y había terminado de hacer mis tareas, me subía hasta el tercer piso de la casa donde quedaba la terraza. Este fue siempre mi lugar favorito porque desde allí se veía un “pedacito de mar”, ni tan azulito ni tan oscurito, ese tono que solo el mar del Pacífico tiene. Arriba en el cielo se veían nubes que hacían las más divertidas figuras. Mi ritual era sencillo: me subía en un banquito desde donde me empinaba para ver mejor el mar, pensaba en lo que sería estar sumergida en él por un largo rato y todo lo que podía hacer allí, luego me bajaba del banquito y me quedaba tumbada en el suelo boca arriba, casi que hipnotizada por el cielo, viendo cómo se hacían y deshacían las figuras, observando las mil tonalidades que resultaban del atardecer, pensaba en la gente que ya no estaba en este mundo y de la que mi mamá me decía: “Se fueron al cielo, hija, y desde allá nos ven y nos guían”. Siempre me preguntaba si lograban verme; entonces les hablaba porque si era cierto que podían verme, seguro también podían escucharme.
Y así sostenía largas jornadas en la terraza de mi casa, jornadas de silencio o de charlas en voz bajita, entre el cielo, el mar y yo, que después relataba en uno de mis diarios. Generalmente tenía dos, uno que llevaba a todas partes, incluyendo la escuela y otro que permanecía en la casa y contenía mis confesiones más profundas; sin duda mis diarios eran mis mejores amigos, siempre me decía que eran capaces de escuchar y entender todo lo que les contaba sin prejuicio alguno.
Mi madre solía entregarme un diario como regalo el día de mis cumpleaños; a ella entonces le debo mis primeros acercamientos a la escritura. Yo los recibía encantada y los tenía de diferentes formas y estilos: con y sin candadito, con pasta gruesa, con imágenes de reyes y princesas, etc. Los utilizaba sin grandes pretensiones ni perfecta ortografía, eran básicamente mis amigos. Debe ser por el hecho de haber sido criada como hija única que sentía la necesidad permanente de contar mis experiencias, mis historias, mis travesuras a un “par”, así, igualito como yo: silencioso, callado, pero siempre muy presente.
Ahora que lo pienso, mis diarios eran la representación más cercana a mi vida en Buenaventura, ese lugar de brisa cálida que me permitía narrarlo una y otra vez y del que sin duda iba tejiendo mis propias interpretaciones, estableciendo algunas conclusiones y entendiendo varias de sus dinámicas y de cómo permeaban mi vida.
Además de mis diarios, no tenía muchos amigos pues de niña siempre fui muy solitaria, callada, hablaba lo necesario, quería a muchos, pero lo expresaba poco. Esto fue uno de los principales temores cuando años después le dije a mi mamá que quería irme de casa, quería estudiar la carrera universitaria fuera de Buenaventura. En ese momento no tenía muy clara las causas de mi deseo; en general sentía que había algo más allá y que yo apenas podía acercarme, sentía que la calidez de ese lugar que me había permitido describirlo de tantas formas y a partir de tantas experiencias durante mi infancia y adolescencia tenía algo más por decir que yo aún no lograba entender.
La decisión supuso uno que otro enojo con mi mamá y tías, quienes inicialmente no estaban de acuerdo con ello. Las razones que me daban para quedarme eran las mismas que yo tenía para irme, pues ya no quería depender de ellas para tomar todas mis determinaciones, sentía que me desconocía, que había espacios vacíos que yo misma no entendía y que por eso me quedaba corta a la hora de explicarle a mis diarios. Entonces para resolverlo, debía empezar por alejarme, ser autónoma.
Así que a los dieciséis años me trasladé desde Buenaventura hacia la ciudad de Cali para estudiar la carrera universitaria que había escogido: psicología. La llegada a la ciudad significó un impacto cultural en tanto sus formas organizativas requerían prácticas individualistas más que colectivas, contrario a Buenaventura; entonces, por ejemplo, desde que llegué a esta ciudad siempre viví en unidades o edificios, lo que resultaba en poca relación que solía sostener con los vecinos ya que dichos edificios priorizan la consolidación de “lo privado” y las relaciones que mantenía no iban más allá de la cordialidad que implica compartir un mismo espacio con otros. El contraste fue muy fuerte: mientras en Buenaventura por ejemplo los vecinos se convertían en mi familia, primos, tíos, etc., lo que resultaba en relaciones muy cercanas que invisibilizaban un poco la línea entre familia y amigos. De hecho, yo saludaba a personas que crecí creyendo que eran mi familia de sangre, pero que al final eran amigos, muy cercanos eso sí, pero amigos, al fin y al cabo.
Y así pasaban los meses de mi residencia en Cali, aprendiendo cosas y cuestionándome otras, reflexionando ahora desde la perspectiva de “estar fuera de” iba realizando análisis de lo que no había caído en cuenta antes. En uno de esos análisis reconocí la existencia de una palabra que tenía especial importancia en mi vida y sin darme cuenta, había influido en mis decisiones: comodidad.
Estando fuera de mi ciudad natal entendí que para mí Buenaventura era cómoda, muy cómoda, y por eso siempre estaba meciéndose en un sillón; por el lado de casa, permanecer en esta significaba inmovilidad y era algo que no me permitiría crecer, por ello mi decisión de irme, de tropezar, de parar cuando fuera necesario y continuar caminando.
Yo no podría decir que dicha relación entre lo que significaba mi casa y la forma en que veía mi ciudad siempre había sido clara o que la construí de una manera consciente y metódica, contrario a ello fue algo en lo que “fui cayendo en cuenta”, en lo que tuvo que ver la forma en que me fue narrado mi entorno y las interpretaciones que en ese sentido yo hacía del mismo; así, ambos escenarios tenían un sentido similar, un factor en común.
Por el lado de Buenaventura, dicha comodidad la veía representada porque, aunque este es uno de los municipios más importantes del país en cuanto a la movilización de la economía y ha brindado grandes e innumerables beneficios y recursos para el desarrollo de Colombia, sus calles, música, historia… están llenas de carencias, de denuncias ante la negligencia estatal, de violencia y de eventos tan traumáticos que prefieren omitirse o hablarse en voz bajita. Esos mismos eventos que yo no lograba captar en mi adolescencia, que a duras penas percibía porque dejan en evidencia tanto sufrimiento, pobreza y crueldad, y que prefieren comentarse poco al interior de las familias y en las calles mismas.
Por eso cuando me fui haciendo consciente de las situaciones sociales de mi ciudad y de la comodidad que ha permanecido ante tanta injusticia, iba considerando las estrategias que debieran existir para promover el cambio en dichas dinámicas. Pensaba en que era necesaria una movilización, y no lo digo precisamente en el sentido físico del término, sino una movilización de imaginarios, de significaciones, de representaciones que han dejado por sentado que las problemáticas es mejor no hablarlas y naturalizarlas para de mantener el statu quo.
Yo no sabía cómo se debería hacer eso, sin embargo, suponía que debía haber una forma, así que años después y recorriendo los caminos que mi carrera me presentaba me topé con la psicología social. El área social como enfoque teórico, práctico y metodológico de la psicología permitió adentrarme en las problemáticas que de tantas formas y en tan diversos lugares sufren las comunidades vulnerables de este país; incluyendo la población de mi ciudad.
Esta área de las ciencias sociales fue la que me abrió un camino de posibilidades y de reflexiones que primero logró contextualizarme en la existencia de esos fenómenos y problemáticas sociales que afectan directa e indirectamente la salud física y mental de las personas y reflexionar sobre el trabajo que, en esa medida, tenemos como ciudadanos.
En ese sentido, fui reflexionando sobre la importancia de la existencia de sujetos políticos que se movilicen, que velen por sus derechos, sus necesidades y su bienestar, me fui haciendo consciente de la relevancia desde el ejercicio de mi profesión de promover el liderazgo en personas, invitar a la reflexión crítica que propenda por el establecimiento de sociedades justas y equitativas, en cuestionar medidas y políticas que favorezcan el empobrecimiento y la marginalidad de las poblaciones… todo ello para contribuir al bienestar físico y mental de las sociedades que resulten en calidad de vida digna.
Así, tanto en mi época universitaria como después de graduarme trabajé y he trabajado bajo la premisa de la necesidad de generar transformaciones que deriven en el mejoramiento de la calidad de vida de las comunidades. Ello implica el desarrollo de acciones que promuevan la salud mental, entendiendo que, aunque sean sujetos en situación de marginalidad, puede haber posibilidades de cambiar esa realidad; tal como lo expresa un estudioso de apellido Ellacuria: “Solo utópica y esperanzadoramente uno puede creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”.
Verde es el color de la esperanza… Soy Tatiana, hija de Tumaco, muy dueña del manglar, y muy dueña de aquel sol agonizante que entre amarillo y rojo irradia la belleza más pura en un atardecer sublime y deslumbrante. Soy la niña, soy la mujer, soy la sonrisa y el llanto también; jamás olvidaría ninguna de las aventuras vividas en mi amada tierra, ni siquiera las de más profundo dolor. Al igual que los momentos felices recreados, estas son atesoradas en el infinito y mágico mundo de mi vida.
Desde niña siempre recreaba las fantásticas historias que se daban detrás del manglar, que ha sido mi fuente de vida, mi religión, mi gran amor y recarga de energía. El verde del mar de la ensenada me crio, me dio la identidad. Yo soy verde mar, verde manglar, y plateada arena que tibia acoge, pero también quema; soy un enredo de pasiones y el desenredo de algunos corazones que me dicen que me aman y que yo amo también. Aunque sea un tanto imperfecta, coqueta y loca en algunos momentos, entendí el valor y el más grande amor por mi tierra; el valor tan grande de mi etnia y de la gente mía.
Como antes mencionaba, el verde mar y el espeso manglar me criaron. Sentada en el filo de un muelle los veía todos los días: el mar con sus olitas chiquiticas cuando fuerte venteaba, así como las cherecitas y demás pescaditos que en este nadaban. El manglar frondoso, verde y movedizo, que esconde entre sus ramas las casas de tijeretas, chogozos y patilargas garzas, y a otros tantos que con pechos rojos se ponen atractivos para sus hembras. Amaba y amo estar allí, entre azules y verdes pujas que me permiten hundir mis pies colgantes en el agua sal y disfrutar de su frescura, entre corrientes cálidas y frías… Aquella sensación de contmplar en pleno la vida misma.
Mi nombre es Tatiana, Tingui, Goya, Tati o Tataya. Mi vida es mi gente, mi sol, mi mar y mi playa. Cuando hablo de lo que soy no puedo evitar la emoción de haber conocido el Arco del Morro la Peña, el Pindo y el parque Colón; también llegan a mi mente los recuerdos de cuando los niños nos sentábamos en el andén y entre amigos, primos, risas, gritos y cuentos jugábamos. Mi mamá tuvo dos hijos, pero mis tíos me dieron primos hermanos. Todos nos reuníamos en la casa de la Chéchera, doña Nicéfora, mi abuela, y del papito Telmo, el más noble y tierno abuelo… En esa casa pasaba de todo. Había futbolistas, por ejemplo, y cada que se hacían bola los muchachos, una enfermera chiquita interrumpía el partido para revisar a Alex, su primo hermano querido. Ya segura de que no había raspones, podían volver al campo. También había boxeadores y unos llorones que nos hacían diabluras, y mi abuela nos pegaba después. Luego del juicio y la reprenda nos regañaba: “¿Por qué no me dijeron?”.¿Y ella a quién escuchaba?
Todas las mañanas me levantaba con la brisa; estoy segura de que de Dios es la caricia. Luego salía al balcón que daba a la ensenada y replicaba en mi frente y en mi pecho la señal cristiana; desde niña me enseñaron que era el saludo que a Dios le agradaba y a la vez la bendición del que en él creía y le adoraba. Luego de aquel ritual solamente contemplaba y llenaba mis pulmones de brisa fresca y oxigenada, y entre sueños, despierta, me imaginaba que después del manglar había sirenas con gigantes cabelleras rizadas, de piel tostada y sin dolores, con colas espléndidas de escamas de colores, que en la noche resplandecían. Y que en noches de luna llena había remolinos de pescaditos fluorescentes y fiestas de cangrejos, jaibas, churos, pateburros, conchas, almejas y un montón más de animalitos que ni siquiera conocía, pero que claramente en mi mente les daba vida, los creaba.
Yo iba a la escuela Pío XII, y después al colegio Santa Teresita. Y entre juegos, alegrías y tristezas fui creciendo; mis primos también fueron creciendo y partiendo: el que se fue al ejército, el que migró al centro y, más adelante, el que mataron y el que desaparecieron. Hubo una época de gran silencio en casa, ya sin gritos, ni fútbol, ni boxeo, ni peleas, mi abuela se volvió viajera (en realidad siempre lo había sido), y me cargaba en sus revuelos. Así estuvimos mucho tiempo entre viajes, refranes y los reclamos de mi abuelo. Pero llegó el freno del colegio y me dediqué a estudiar, aunque también aprendí a ser libre como mi abuela: atesoré la sabiduría de sus palabras, de sus refranes, y nunca me separé de ella. Ya de jovencita, en las tardes me dedicaba a escuchar la radio ecuatoriana en mi pequeña grabadora rosada con el invento de la tapa de la olla. Cómo me la gozaba... Sabía canciones que aquí aún ni se escuchaban, y concentrada atendía a los conflictos del programa de la noche, al que las personas llamaban para resolver las penas que las acongojaba. “Qué locura, la gente cómo sufre por pendejadas”, mi mente gritaba. Afortunadamente no podían escucharme, aunque pensaba las soluciones. Y cantaba, gritaba y solita bailaba en mi sala que daba a la ensenada. Mi locura, mi mar, mi manglar y yo.
Un día me di cuenta de que había crecido, que en mujer me había convertido. Tenía dentro de mí un retoño que se llamaba Isa. Aunque en mis sueños nunca imaginé lo que era la dolorosa realidad, empecé un camino de amargura —a veces de felicidad—, en que me acechaba la dificultad de ser madre soltera y de tener que enfrentar el mundo. Pero como yo soy hija de Tumaco y dueña del manglar, que como la esperanza es verde, igual de verde que mi mar, enfrenté los padecimientos de mi niña, la soledad y el abandono de quien se fue, la pérdida de quien amó y murió, la alegría de quien llegó y el dolor desgarrador de cuando dijo adiós. Sin embargo, también fui feliz porque me dejó un angelito que ahora se convertiría en mi compañía. Y después entendí la música de otra manera, la viví y la canté, y visité escenarios y otras tierras, e hice muchos viajes, conocí mucha gente y aprendí sobre mis derechos y los derechos de mi gente, de mis mujeres, de mis niñas y de todo el conjunto…
Me apropié de mi cultura y reforcé mi identidad viviendo en ella y cantándole, pero hablando también, conociéndola y representándola. Aprendí y enseñé a quienes no conocen su belleza, su pujanza y su riqueza; les conté que el sol calienta cuando nace y da belleza cuando muere, y no importa lo oscura que esté la noche, siempre habrá una luna o una estrella. Y llenándonos de resiliencia, en una nueva mañana vuelve y aparece el sol después de haber muerto en la tarde, más cálido, brillante y lleno de energía que antes… Así somos aquí en Tumaco, gente alegre, gente verde, gente brillante como el manglar que nos protege, nos da sustento y oxigena. Somos vida en verde, el verde del mar, el verde del manglar y la plateada y suave arena.
Ahora soy Tataya Makine, así fui bautizada por la chiquitita de mi sobrina, quien no sabía pronunciar mi nombre y con su inexperiencia de lenguaje mejoró mi existencia al llamarme de esa manera. Sigo siendo hija de Beirut y de Leonidas, nieta de Telmo y de Chéchera; sigo siendo de aquí, aunque un día me fuera, hasta que muera. Hija del mar abierto y de la ensenada, del manglar de vida y de la arena plateada. Aquí, ya casi con cuarenta, sigo siendo aquella niña que en el muelle se sienta y disfruta la caricia divina de la brisa, el fresco sublime del mar que baña mis pies, y sigo siendo aquella que atesora el abrazo cálido del amor bonito que me ama.
De mi frondoso manglar soy hija, y de mi madre también; soy dueña de la brisa y del calor del sol brillante, madre, hija, nieta y amiga. De mi territorio estoy orgullosa y de haber nacido aquí, agradecida; ombligada de manglar de plateada arena y de verde y cristalino mar.
Lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre
(Jean Jacques Rousseau)
El aguacero tiene el artilugio de atraparme en el pasado. Las primeras gotas que caen pausadamente sobre los techos anuncian el baile frenético de los recuerdos que después en apresuradas gotas se desgranan, sobre todo, llenando de nostalgia cada pensamiento.
La gente corre a buscar refugio. Sobre los tejados, los gatos con acrobáticos movimientos se meten por los cielos rasos mientras yo me asomo a la ventana del cuarto de mi hija, que queda casi a ras del techo, para disfrutar —con todos mis sentidos—tan maravilloso milagro de la naturaleza.
El aire frío empieza a recorrer la piel y el aroma de un café recién colado asciende por alguno de los techos desafiando la caída libre del agua que te moja el alma con solo mirarla.
Un gato gris, acurrucado debajo de una canoera, se queda ensimismado mirando la lluvia y a ratos me mira como escudriñando mis sentimientos.
—¡Se queda allí sentada! ¡No se vaya a mover! Coja a Missi y no la deje ir, yo no voy a demorarme mucho. Voy a decirle a doña Tulia que le eche un ojito mientras regreso.
Mi prima Teresa pasó a la casa del frente, habló con doña Tulia, ambas me miraron y después Teresa se fue. Llevaba una pequeña bolsa de papel en la mano mientras que con la otra me decía adiós. Quería mucho a Tere. Ella era hija de mi tía Alicia, la hermana mayor de mi mamá. Llevaba siete años con nosotros, desde mi nacimiento. Me cuidaba, me narraba cuentos y fue quien salvó a Missi de mi abuela.
Mi abuela Etelvina siempre nos visitaba en las vacaciones y nos traía regalos, pero cuando se iba, misteriosamente los regalos desaparecían. La última vez le trajo a Jairo, mi hermano mayor, un radio transistor. Eso fue toda una novedad, casi todos los chicos del barrio se reunían a escuchar la música que salía de esa cajita. A Nando, mi segundo hermano, le trajo una pelota de caucho que traía grabado en alto relieve todo el abecedario y los números del cero al nueve. Cuando jugábamos ponchado sobre la piel nos quedaban las marcas de las letras. A mí, la menor, la única niña, me trajo a Missi.
Cuando mi abuela se marchó, desaparecieron la pelota y el radio transistor. Missi siguió merodeando por el techo porque, gracias a Teresa, mi abuela jamás pudo encontrarla. Abracé muy fuerte a mi gata mientras ronroneaba en mi regazo. Lo que más me gustaba eran sus ojos amarillos que brillaban en la oscuridad y sentirla acurrucada a mis pies, especialmente en las noches de fuertes aguaceros con rayos y truenos porque diluía mi miedo.
Pasarían veintiún años para que yo volviera a reencontrarme con Teresa.
Mayolo, el barrio donde transcurrió mi primera infancia, fue comprado por el gobierno para expansión portuaria. Casi todos los vecinos ya se habían marchado. El día de nuestro trasteo, Missi no apareció por ninguna parte. No hubo rincón en que mi mamá, mis hermanos y yo no buscáramos. Gritamos su nombre hacia todos los puntos cardinales, entramos a las casas desocupadas que aún no habían sido desbaratadas… y ¡nada!
Gotas de agua comenzaron a caer. Aún recuerdo el sonido de encendido del camión y el inicio del viaje hacia nuestra nueva casa en la calle La Aurora, del barrio El Centenario. Yo no paraba de llorar. Mi mamá me dijo que los gatos eran muy inteligentes, que Missi seguiría nuestro rastro y nos encontraría, que llegaría hasta la casa, que los gatos no se pierden.
Abro de par en par la ventana. Algunas chispas de agua que se forman al rebotar sobre el techo caen sobre mi rostro. Hojeo un libro que hay sobre la cama Culpa mía, de Mercedes Ron. Leo la dedicatoria de la autora: “A mi madre por ser mi amiga, mi confidente, todo lo que siempre he necesitado y más. Gracias por hacer que siempre tuviese un libro entre mis manos”. Este libro junto con Culpa tuya y Culpa nuestra forman una saga que hace pocos días obsequié a mi hija. Mi mamá solía llamar “vicio” a mi afición por la lectura y —cual droga prohibida— toda revista que veía o me encontraba la rompía.
Jazmín, Julia, Bianca, Bárbara Cartlán, todas revistas de novelas se agazaparon en mi almohada y me llevaron por mundos delirantes en amor y vidas de ensueños, de príncipes encantados, de castillos, de finales felices. Cualquier momento, cualquier espacio era propicio para adentrarme en una historia de amor y pasar a la otra, y luego a la otra…
Leía varias historias simultáneamente, pues en diferentes partes de la casa tenía alguna escondida, al igual que en el maletín de llevar al colegio.
—¡Apagá ese bombillo! —era el grito acostumbrado de Jairo cuando iba a dormir, ya que el bombillo alumbraba el cuarto de mis hermanos y el mío. Lo apagaba de inmediato antes que mi mamá tomara cartas en el asunto. Entonces, si no tenía alguna vela para seguir leyendo, tocaba, con angustia, suspender la lectura. Nando nunca decía nada, silenciosamente apoyaba lo que hacía, a él simplemente le gustaba verme feliz.
Doña Eloísa, la modista que vivía enseguida de mi casa era la cómplice de mi afición, era quien me facilitaba todas las novelas. Cuando podía pasaba a ayudarle a pegar botones, coger dobladillos o hacer ojales, mientras dialogábamos sobre las lecturas, ayudarla en algo era como parte de compensación por todas las novelas que no le pude devolver porque eran destruidas en mi casa cuando mi mamá o Jairo las descubrían.
El aguacero arrecia con más fuerza. Así son los aguaceros del litoral Pacífico…¡únicos! “Cielo roto” le llaman a esta tierra amada. Niños y niñas corren por la calle y se bañan bajo los chorros que caen de los tejados de las casas. Algunos adultos corren con ellos arrebatándole al tiempo esos momentos de la niñez que aún perviven. El gato gris sigue debajo de la canoera, parece no importarle si el agua lo moja.¿Será que a ellos también se le pueblan de recuerdos el corazón?
La profe Zoraida, que vivía diagonal a mi casa, había dado a luz. Ahora mis amiguitas y yo pasábamos las tardes en su andén mientras ella mecía al niño. Después de conversar un rato, yo sacaba una de mis novelas y me ponía a leer. Muchas veces miraba de soslayo la biblioteca que la profe tenía en la sala. Cierta tarde, ella me pidió el favor de que le pasara unos libros y hubo uno pequeño, de pasta azul y letras doradas que me llamó la atención Carta a un niño que nunca nació, de Oriana Fallaci. Lo miré y lo empecé a hojear.
—Se ve que le gusta leer —me dijo la profe. —Lo malo es que usted lee mucha literatura barata.
—Profe, ¿me lo puede prestar? —le pregunté al ver lo interesante que me había parecido el libro.
—No me gusta prestar libros —me contestó, de pronto no lo entienda, es otro tipo de lectura, no como las novelas que acostumbra leer.
—Profe, préstemelo. Yo se lo cuido, mañana mismo se lo entrego. Es pequeñito, no me demoro en leerlo.¡Por favor! (…)
Esa noche un mundo nuevo expandió mi mente y comprendí a qué se refería la profe al hablar de literatura barata. Tanto me identifiqué con la autora que dije que el día que tuviera una hija le pondría su nombre.
Jazmín, Julia, Bianca y Bárbara Cartlán se quedaron bordando ilusiones en los castillos de mi memoria. Con el tiempo, la biblioteca de la profe Zoraida se me hizo pequeña y a pesar de los años aún sigo explorando el infinito mundo de las letras.
Se oscureció la tarde. Recojo el libro y lo pongo en la biblioteca de mi hija. Allí, en la parte más alta veo los libros de Oriana Fallaci: Carta a un niño que nunca nació, Nada y así sea, El sexo inútil, Entrevista con la historia, Un hombre, Inshallah, La rabia y el orgullo, La fuerza de la razón y El apocalipsis. He ido coleccionando todos los libros de esta autora para que algún día mi hija, a través de estos escritos, comprenda la admiración que siento por esta mujer y escritora, tanto que por eso le puse su nombre.
El aguacero amaina, el anochecer se ha presentado demasiado temprano. Cierro la ventana, no sin antes echarle una mirada al gato gris con el que he contemplado toda la tarde el aguacero.¡Ya no está! No supe en qué instante se marchó. Ojalá haya ido a cumplir alguna cita con algún niño que ha de estarlo esperando. Tal vez eso consuele a esa niña que hay en mí y que aún espera —sentada en el andén del tiempo— el ronroneo místico de su gata Missi.
Guaguancó: un poder supremo
Cuando cumplí nueve años a finales de 1988 tenía prohibido acercarme a una radiograbadora Sony gris RX 5104 de mi madre, no obstante, comencé mis amoríos con ella. Solo mi mamá podía usarla porque ella la había comprado con su dinero. Mi padre, que solo pasaba dos días a la semana conmigo y tenía un negocio de venta de mariscos y dulces típicos del Pacífico en la ciudad de Buga, me hacía creer que el aparato grabador también era suyo, pero no lograba engañarme.
En las tardes, cuando regresaba del colegio, aquella radiograbadora fue una valiosa compañía. Recuerdo que me enseñaron a encenderla, subir y bajar el volumen, y apagarla. No necesitaba más. Mientras mi abuela materna y mi madre trabajaban, y mi abuelo materno se marchaba para tomarse unos tragos con los conocidos que encontraba a su paso, yo realizaba mis tareas escolares en el comedor al compás de las canciones que mandaban la parada en aquel entonces.
Me había aprendido de memoria el orden de las canciones que programaban entre las tres y las tres y treinta de la tarde en la emisora Cascajal Estéreo, reina absoluta de la sintonía: Usted abusó, de Celia Cruz; El muñeco de la ciudad, de Bobby Valentín y Cano Estremera; Caridad, de Pete “El Conde” Rodríguez... Para ser honesto, ninguno de los títulos mencionados me producía emoción. A lo sumo, los pies se movían por inercia y mis labios tatareaban mecánicamente uno que otro estribillo. La verdadera magia sucedía cuando sonaba la última canción del listado: Sin negro no hay guaguancó, de Los Hermanos Lebrón, la canción consentida de mi madre mientras limpiaba sus preciadas porcelanas chinas.
Los andenes de la afamada calle Sexta (una de las más importantes a nivel residencial y comercial del centro de Buenaventura, donde se ubicaba la humilde pero acogedora casa de madera donde nací) se convertían en una fiesta. Hombres y mujeres, entre vecinos y empleados de almacenes, sin distinciones de etnia o clase social, embebían sus gargantas con aquella letra que los embriagaba de alegría y sabrosura.
Con exactitud pasmosa, me levantaba del comedor y abría la puerta unos segundos antes de que estallara el coro. Parado en el balcón, la radiograbadora sonando a todo volumen. Moviéndome arrítmicamente, me deleitaba con los pasos de salsa de ‘El Loco’ Valdez, hombre maduro de aproximadamente unos cincuenta años, siempre sonriente y amoroso, que se estacionaba en la tienda de doña Conchita para contarle a todo aquel sus aventuras en alta mar como marinero. Los curiosos se formaban en círculo para presenciar su espectáculo: bailaba magistralmente el boogaloo, ritmo que nació en los Estados Unidos en 1963 como resultado de la fusión de la Guajira, un género musical proveniente de Cuba y el rock and roll. Entonces los presentes entonaban el coro a todo pulmón:
“Con la tumba, el tumbador y el sonero,
voy a bailar, qué bueno.
Sin negro no hay,
sin negro no hay guaguancó”
‘El Loco’ nos hipnotizaba mientras movía sus pies sin que el cuerpo perdiera la elegancia varonil que lo distinguía. Me incluía porque pese a estar lejos, no dejaba de verlo ni un instante. Entonces ‘La amiga’, como era llamada la mujer que vendía mango biche en los bajos del edificio Marlin, abandonaba su platón y corría para bailar con su ‘novio’, como lo llamaba. Los transeúntes se detenían un momento para asomarse. Nadie podía sentirse indiferente al bullicio y los aplausos, una vez culminaba el show.
“Sin negro no hay guaguancó”. La radiograbadora parecía pronunciar la frase con labios humanos, una vez cerraba la puerta y regresaba al comedor. Pensaba que en cualquier momento se pararía a mi lado para decírmela al oído. La mente de un niño de nueve años era capaz de todo, hasta de darle vida a un aparato. Pero la cuestión iba más allá. Sentía una enorme curiosidad por saber el significado de guaguancó. Para mi mente pueril, aquello sonaba a remedio para la gripe o marca de aceite para automóviles. Pero debía significar algo muy especial para los habitantes del puerto de Buenaventura, la isla que Juan de Ladrillero fundó por órdenes de don Pascual de Andagoya en 1540 y el municipio con mayor extensión en el departamento del Valle del Cauca, comprendido desde las orillas del Océano Pacífico hasta las cumbres de la Cordillera Occidental. Por lo poco que había visto y leído en los libros de geografía que reposaban en la biblioteca familiar, era un paraíso selvático cubierto de mangle y bañado con dos bahías: la bahía de Málaga y la bahía de Buenaventura donde se ubicaba la ciudad que le daba las mayores ganancias económicas al país, con una población aproximada en ese entonces de 236.000 habitantes.
Aunque era muy pequeño para complicarme la existencia con esas cuestiones, y a duras penas aprendí a multiplicar y dividir en el colegio, la radiograbadora me permitía conocer formas de pensamiento más avanzadas que provocaban una sed de comprensión por lo aparentemente comprensible. Cuando eran las cuatro de la tarde el locutor de la emisora (con voz digna de galán hollywoodense) aplaudía la labor de mujeres y hombres negros que dejaban en alto el nombre de Buenaventura. Semanas atrás había entrevistado a un miembro del Sindicato de Trabajadores de Puertos de Colombia, quien expresaba con orgullo la contribución de la mano de obra de los braceros a la productividad de la empresa. Entonces yo entendía que era más que lógico que sin negro no había guaguancó porque ese guaguancó que tanto mentaban los Hermanos Lebrón equivalía a un poder digno de superhéroe.
Bastaba con ver a ‘La amiga’ cargar el platón de mango biche en el hombro, a pleno sol y el sudor vistiéndola de pies a cabeza, sonriendo en medio de la incertidumbre de no saber si vender de calle en calle le permitiría proveer el alimento a sus seis hijos. Ni hablar de los cargadores de madera que laboraban en el puente El Piñal y las plataneras —aquellas vendedoras de pescado que caminaban la ciudad entera con el platón en sus cabezas con la espalda recta y sin dejarlo caer— que yo podía ver cada mañana camino al colegio. No se detenían por el calor o las repentinas lluvias que llegaban del cielo bonaverense. En general, lo que los movía a todos ellos iba mucho más allá del color de la piel. Era una pasión bravía e incansable por la vida. No estaban dispuestos a dejarse vencer, pese a las adversidades que se topaban en el camino.
En mi mente imaginativa y fantástica, la definición de guaguancó comenzaba a tomar forma concreta: un poder que convertía el cansancio en fortaleza y la tristeza en alegría. Ese poder era el que le permitía a ‘El Loco’ Valdez moverse como un dios a pesar de sus achaques. Los hombres y mujeres negros de Buenaventura eran estupendos bailarines en la fiesta del destino. Tanto en la calle La Sexta como en otras calles vecinas su solidaridad era admirable. Si un vecino tenía una necesidad, así fuera blanco y los mirara con cierto aire de grandeza, ellos daban su mejor esfuerzo para solucionarla. Aun cuando ellos mismos tuviesen problemas, no abandonaban a quienes necesitaran su ayuda.
A las cinco de la tarde, los oyentes de la emisora empezaban a llamar para pedir sus canciones favoritas. Algunas personas solicitaban amablemente que programaran otra vez Sin negro… Muchas veces, extrañado por aquella petición, el locutor les preguntaba qué significaba la canción para ellos. Mi oído derecho se anclaba a la radiograbadora y prestaba suma atención a los testimonios. De todas las voces, una de ellas llamó poderosamente mi atención. Pertenecía a una mujer entrada en años. Su testimonio fue breve pero intenso, digno de ser recordado: “Me siento bendecida por haber nacido negra, algunos tenderos blancos dicen que los negros somos buenos para bailar y perezosos para trabajar. Dios me quiere mucho porque me mandó con este color de piel y mucho guaguancó”.
Cuando mi abuela me mandaba a la tienda de los paisas (la más abastecida de la calle y en la que sus propietarios repetían frases despectivas contra ellos) era común encontrarse a los braceros —hombres negros cuyos músculos de acero eran el secreto de la productividad portuaria— tomando aguardiente y celebrando el fin de la jornada laboral. Mientras esperaba que me entregaran la bolsa con lo que había pedido, los observaba cantar y beberse la vida como si fuera un trago. No era cuestión de piel o de ignorancia, sino de alma. Los blancos jamás lo iban a entender.
Mientras escuchaba las palabras de aquella mujer, pensaba que Buenaventura era una ciudad privilegiada porque en ella vivían mujeres y hombres negros. Eran dueños del guaguancó, un poder inagotable, noble y supremo que a su vez otorgaba poderes impensables para los superhéroes que veía en la televisión: obsequiarle alegría a los afligidos, sacarle una sonrisa a los amargados, incrementar las ventas de los tenderos blancos que los discriminaban y estereotipaban con sus pensamientos racistas y frases despectivas, contribuir al crecimiento económico de Colombia, impregnar a conocidos y extraños con el aroma de sus fruiciones.
El Chocó es un lugar mágico, y no lo digo solo por los mitos del Riviel o la Tunda, las interminables vetas de oro y de platino que compiten con los paraísos de pedrería de Las mil y una noches sino también por sus plantas llenas de encantamientos, remedios eficaces contra los males del cuerpo y el alma, sus selvas pobladas por voces de antiquísimos espíritus y porque sus animales le avisan a la agente cuando la muerte se acerca; allí coexiste la pirotecnia verde de la naturaleza, la humedad del aire casi palpable y la ‘calentura’ de la gente.
Esta mítica e indescifrable geografía fue desacralizada por la ambición de los colonizadores europeos que expoliaron las entrañas mismas de la tierra en búsqueda de metales brillantes (cuanto más brillantes mejor) para las coronas de sus reyes y ornamento de su imperial ego. Arrancaron a los negros africanos de su mundo y los llevaron impunemente con cadenas hasta “el Nuevo Mundo”.
Inicialmente, quienes fueron esclavizados se asentaron a lo largo del territorio hasta entonces habitado por indígenas emberás y wounaans que veían atónitos cómo atormentaban a los cautivos. Entretanto iban entrando en contacto unos con otros, en el ensamblaje inesperado de los días. Hay que mencionar que, como de la perpetua lluvia que convierte los tejados en tambores y hace surgir la vida, fue eclosionando una nueva forma de habitar el espacio: los africanos buscaban incansablemente cómo comunicarse con sus ancestros en su nuevo entorno, dando como resultado la génesis de seres innominados por la historia, cuyo nombre solo sabrá el viento.
Y así, tras la emancipación de los esclavos y producto de la posterior mixtura surgió una nueva condición social ligada a la minería, de la cual mi abuelo materno, Jesús García, formaba parte.Él solía buscar en las tripas de la tierra el horóscopo favorable. Mi abuelo fue el mayor de cinco hijos, y quien a sus noventa y cinco años inevitablemente tuvo que enterrar a todos sus hermanos y compadres allá en Tadó, su lugar de origen. El pueblo emergió alrededor de una catedral que hoy es considerada patrimonio nacional y que a diferencia de otros pueblos no fue cimentada a lo largo de la orilla del río; allí las mujeres solo iban de blanco o de negro como en un ajedrez escala natural con sus grandes vestidos y sus virtudes manifiestas.
Sin embargo, movido por las afugias debió establecerse en Quibdó, donde erigió la casa familiar construida por sus propias manos, ¡eso sí!, contando con la ayuda de sus compadres para poner cada uno de los ladrillos que la cimentaron. Aquella es una casa amplia de grandes corredores como en la vieja usanza, naturalmente acondicionada para acoger a una familia numerosa. El abuelo se preocupó por llenar el patio de palmas de chontaduro y coco, árboles de zapote y guama que sirvieron para abastecer los antojos de toda la familia, además de servir de escondrijo para las desubicadas gallinas de los vecinos, los sapos y las culebras.
Fue en esta casa donde crecí, donde todos los rincones están marcados por la alegría en torno a los cuidados y cariños de la abuela Antonia Perea, que con solo una solicitud ponía en acción a todo el mundo; desde los más pequeños hasta los más grandes hacíamos caso con premura a sus peticiones, porque cada uno de nosotros fuimos pasando por su regazo mientras nos contaba historias en su mecedora, que no paraba de resonar… todo un cántico de la madera que le daba peso a su trasegar.
El día que murió la abuela los pájaros dejaron de cantar su tonada habitual y el río Atrato ralentizó su cauce. Tan ligada estaba Antonia a la tierra que la vio crecer que parecía brotada de un árbol. Y fue entonces que mi mente se hizo las primeras preguntas: ¿De dónde vino la abuela? ¿De dónde venimos todos? ¿Para qué venimos y para dónde vamos? Y más adelante la pregunta que canalizaría todo mi entendimiento: ¿de dónde viene la gente del Chocó?
El día que murió la abuela le perdí miedo al hasta entonces reino inexplorado del cuarto de San Alejo: un mundo recóndito de chécheres, rebujos, trebejos. Esos objetos que de momento yacen olvidados, esperando algún día emerger a nuestra realidad.
En este lugar por primera vez experimenté esa sensación de la sorpresa ante el descubrimiento. Todo un lugar encantado se iba develando ante mis sentidos. Ahí encontré montañas de tela y máquinas de coser herrumbradas; herramientas de trabajo oxidadas; allí encontré un televisor de perilla seguramente el primero de la casa; tablas de cama devoradas por el comején; planchas de carbón sin lumbre y cajas indigestas de cualquier variedad de cosas.
Entre estos objetos encontré un apergaminado álbum de fotografías, hasta entonces suelto al arbitrio de las arañas que lo envolvían como si fuese su presa, pero que se resistía a sucumbir ante el asedio del olvido, guardando entre sus páginas la espiral del tiempo; la memoria enterrada que pulsa por salir a flote a través de sus imágenes. Cada página que mis dedos tocaban me transportaba por ensalmo al momento y lugar como si estuviera al frente de un proyector que recapitulara cada fragmento de mi historia. Mi árbol genealógico contado por capítulos y en diferido.
En este pequeño habitáculo del tiempo encuentro a mi abuelo, aún muy joven, al lado de un taladro utilizado para perforar la tierra en búsqueda de la presencia del oro, donde se observa como telón de fondo el coloso río San Juan, en el pueblo de Andagoya, conocido en una época como la ciudad de hierro por la gran cantidad de maquinaria y las embarcaciones acorazadas que se encontraban ahí como una fauna mecánica que atestiguaba el brillo de la modernidad traído a la mitad de la selva.
Desde su juventud mi abuelo empezó a trabajar en la compañía Chocó Pacífico como buzo, tarea que consistía en desatascar del fondo del río las dragas de la maquinaria extractora. Para ello, les amarraban una piedra a los pies facilitando que descendiera a la profundidad lo más pronto posible, tarea que por su dificultad le hizo ganar el respeto y admiración, factor decisivo para su desempeño dentro de la compañía. Esta habilidad para nadar dio comienzo a su historia de amor con mi abuela Antonia, a quien visitaba en su antiguo pueblo, Tadó, trasladándose por el río San Juan a fuerza de brazadas cuando no conseguía piragua (canoa) para trasladarse hasta allí. Tal era su compenetración con el agua, con el río, y este esfuerzo inaudito (teniendo en cuenta las dimensiones del río) continuó en las generaciones venideras.
Andagoya era una reunión de casas sobre zancos (palafitos) de madera recia asediada por la lluvia, el comején y la humedad. Allí donde mis abuelos asentaron la huella de mi estirpe. Pueblo alguna vez rebosante de esplendor, gracias a los servicios que la compañía minera Chocó Pacífico proveyó, los cuales eran impensables por aquel entonces para otras poblaciones como el único hospital en toda la cuenca del río San Juan, al que acudían desde pueblos vecinos; la escuela con los mejores profesores traídos de otras latitudes; los teléfonos y lanchas con motor que facilitaban el transporte y la comunicación; el cuarto frío en el que se producía el hielo que los trabajadores podían llevar a su casa para conservar sus alimentos y el pago en bonos para tiendas de mercado.¿Esta bonanza se dio gracias a que la compañía no pagó regalías a la nación? Y si hubiese sido al contrario y se hubiesen pagado las regalías, tal vez esta población no habría conocido el progreso que vislumbró en su momento. En todo caso, hasta nuestros días se sigue despojando al río San Juan y sus afluentes del oro y el platino, pero a diferencia de esa época no se sospecha ningún beneficio para las comunidades que heredaron este territorio, hoy nido de maquinaria herrumbrosa. Ciudad de hierro corroída por el tiempo y el abandono.
Al pasar páginas del álbum haciendo saltos temporales contemplo a los diez hijos de los abuelos fragmentados a través del álbum, quienes desde pequeños quedaron plasmados entre risas y cantos, unas veces atravesando el puente que unía su casa con la escuela, otras veces muy formales con la vestimenta dominguera. Aquellos que en sus días de ocio encontraban en el río su deleite, pequeñas expediciones donde los hermanos mayores guiaban y protegían a los más pequeños.¡Toda una responsabilidad para los más grandes y un día inolvidable para los menores! En Andagoya, todos ellos cultivaron minuciosamente sus primeros sueños, diametralmente separados del oro y el platino que abundaba en esta tierra y que dictaminaba el camino de sus habitantes.
La generación de mi abuelo derivó en una generación de pedagogos que buscaban crear una identidad chocoana, conocedora de sus raíces y su legado ancestral. Maestros que buscaron explorar en amplitud sus expresiones culturales y hacerlas cada vez más vívidas con su comunidad.
El mayor de ellos fue mi tío Jesús, homónimo de mi abuelo, y quien desde su más temprana edad se convirtió en uno de los más fieles depositarios de sus lecturas en voz alta, en este caso de las únicas revistas que llegaban por medio de la gente de la compañía. Esa semilla que fue sembrada con paciencia y mano de horticultor germinó. El primogénito se fue fortificando lejos de su hogar natal, ya que, al terminar su primaria, fue embarcado hacia Medellín por su padre, para quien la prioridad era que este siguiera estudiando y no se quedara trabajando en la minería.
Mi tío Jesús, al que decíamos Chucho, se fue labrando camino en la gran ciudad, teniendo como único referente un familiar que allí residía. Con el paso del tiempo, logró hacerse profesional en química, fue deportista destacado en natación y también apasionado ajedrecista. Más tarde eminente profesor de química e idiomas en la primera cosecha de profesores que el Chocó proporcionó a su territorio y a su nación. Este periplo se convertiría en el circuito obligado de sus hermanos, quienes saldrían con un hatillo de sueños al hombro para retornar con nuevos conocimientos que impartirían entre su familia y comunidades. Trágicamente, Chucho murió muy joven en un accidente en Bogotá, no sin antes dejar esta noria en movimiento...
Así, subsecuentemente cada uno de los hermanos logró culminar su carrera universitaria en áreas como la ingeniería, la docencia, entre otras, destacándose cada uno en su rama. Así sucedió con mi madre que fue reconocida como la mejor nutricionista del Valle del Cauca en 2010. Así con mi tío Laureano, que se desempeñó como concejal de Bogotá en el periodo 2008-2011, siendo uno de los primeros en enarbolar el reconocimiento de los derechos de las comunidades afros en la Constituyente Nacional de 1991. Igualmente, mi tío Lucho (Luis) que fue director de la empresa Icel (Instituto Colombiano de Energía Eléctrica) y quien ha sido el único negro que ha desempeñado este cargo en dicha empresa, cuya gestión hizo posible que llegara el servicio de energía eléctrica a más regiones del Chocó. De igual forma, mi tío Carlos fue uno de los primeros técnicos informáticos a nivel nacional capacitado por japoneses, quien entró a ser uno de los primeros ingenieros teleinformáticos de la empresa de Telecom. Mi tía Martha se destacó en el sector de la educación fundando su propio colegio en Cali… Y así, cada uno de ellos formó su familia impulsando el camino profesional de nuestra generación.
Al seguir navegando entre las páginas del álbum llegamos hasta las bodas de oro de los abuelos, que por última vez reunió a todas las generaciones. Así era antes de esta época moderna, los abuelos constituían el eje unificador de toda la familia, el imán que atraía las partes formando un todo. En este ágape los primos nos reunimos para jugar con gran estrépito y comparar nuestros juguetes. Todos disfrutamos del delicioso dulce de guayaba de la abuela, del arroz con longaniza y jugo de borojó. Todo esto aderezado con los fríjoles azucarados que nos enseñó a degustar la abuela. Luego de la comida vinieron los correspondientes “reposen”, y cada generación se compenetró con sus contemporáneos.
A la caída de la tarde, cuando el sueño empezaba a acampar en nuestras infantiles impresiones, los adultos jugaban parqués y se deleitaban con los discos en vinilo (LP o long play) que ponían canciones en el tornamesa familiar. Lo nuestro era jugar hasta que se nos cerraran los ojos, lo de ellos era exhibir sus novedades musicales recién adquiridas, cargadas de pie de páginas explicativas que amenizaban las conversaciones a lo largo de la noche.
Volviendo a la realidad presente, la tristeza era tal y tan generalizada que aquel día de la muerte de mi abuela nadie notó mi ausencia; comprobé con sorpresa que al salir del cuarto de San Alejo había transcurrido mucho más tiempo del que mi conciencia alcanzó a percibir. Mi encuentro con este álbum, puerta hacia la memoria y la historia de un pueblo y de mi familia, no parece gratuito. Presiento que mi abuela desde otro lugar desconocido me abrió las puertas del pasado, que de alguna manera sigue estando presente en cada uno de nosotros y que lanza sus tentáculos hacia el futuro, donde nosotros, al igual que nuestros antecesores, somos portadores y transmisores de todo este legado. He ahí la importancia de dragar en los ríos de la memoria, desenterrando la riqueza cultural que nos constituye.
Crecí en Bogotá, recuerdo bien el reloj despertador a las cuatro y cuarenta de la mañana, el chocolate caliente y la neblina cubriéndolo todo ante el anuncio de las vecinas a las cinco y cuarenta de la madrugada.
—Hoy va a hacer sol por la neblina continua a esta hora.
Para ir a estudiar debía atravesar todo mi barrio, algunas calles tenían pavimento otras eran polvorientas. En la mañana la neblina siempre me impresionó pues a tres pasos de mí no veía nada más que las nubes caminando en la tierra. A cuatro grados centígrados nada me protegía del frío, ni el saco, ni el chaleco, ni la bufanda, ni las medias azul oscuro de mi uniforme, nada. Nunca recibo adecuadamente el frío ya que siento que penetra mi piel y llega a mis huesos, mientras el viento helado me corta los labios y curte mis mejillas, por eso ahora vivo cerca al mar y nunca reniego por el excesivo calor ni siquiera uso ventilador o aire acondicionado; creo estar diseñada para esto.
Mis mañanas heladas tenían recompensas, disfrutaba la escuela, porque yo había instaurado “un régimen del terror” que se arruinó cuando mi hermano menor ingresó a primero, sin embargo, gocé de mi dictadura hasta tercer año de primaria. Esta es entonces la historia de mi pequeño y corto régimen autoritario.
Mi madre nació en el Chocó, en el río Baudó. No sabemos el año, por eso es una mujer sin tiempo. Cualquier edad es igual. Mi padre es caucano, nació en un lugar intermedio que no alcanza a ser un corregimiento (el Descanso), un espacio tiempo entre Padilla y Río Negro. Ambos fueron enviados muy jóvenes a Bogotá a estudiar y a los dos sus familiares de acogida los engañaron. Cuando se cansaron de esperar el inicio de clases había pasado mucho tiempo en el cual habían trabajado como niñera y lavaplatos sin salario para sus “tíos”. Siendo adolescentes decidieron quedarse en la capital y empezaron a trabajar formalmente en el amplio ramo de los oficios varios.
Mis padres son negros, por supuesto yo también. El lugar en el que vivíamos era cercano a varias empresas, grandes cultivos de rosas, zanahoria, papas y vacas, lagunas y humedales, éramos los únicos negros en todo el lugar.
Cuando salía con mi padre le llamaban ‘suerte negra’ porque nunca metía un gol en el equipo de fútbol de la empresa, y por su estatura de un metro noventa y delgada figura le llamaban ‘la sombra’ y hasta ‘la huesuda’. Eso siempre me molestó, a mi madre nadie jamás se atrevería a llamarla de alguna manera, su mirada feroz era una amenaza. A mí, al entrar a la escuelita me cantaban una canción que decía así; “Negra cuscús / debajo de un bus / se tira un peo / y paga la luz”. Y yo respondía con llanto. Tenía otros apelativos: ‘Pelito de alambre’, ‘con ese pelito podemos lavar los platos’, entre otras cosas. Me llamaban ‘la negrita’, ‘la niña negra’, a veces hasta a mis maestras les sucedía: “Niña, usted, la negrita: venga, recoja ese papel, y entre esto o aquello…”. No tenía muchos amigos, por supuesto, hasta la hora del trabajo en grupo pues allí todos sí querían conmigo para hablar mientras yo escribía y entregaba, y después a cada quien le decía qué debía exponer, en eso era muy popular.
El otro motivo por el que era conocida era el alquiler de revistas de todo tipo (cómics, lugares extraños, paisajes, juegos, sopas de letras y, por supuesto, las de mayor demanda, las eróticas, por las cuales cobraba un seguro). El negocio creció tanto que una tarde mi maleta se rompió. “El día de pago está muy lejos y el salario, comprometido”, dijo mi madre muy molesta mientras venía a revisar qué tanta cosa podía cargar una niña hasta romper su maleta por abajo. Yo escondí bajo el colchón mi mercancía, ¡el corazón se me iba a salir! Arreglaba mi cama (que había sido mi cuna) todo debía verse perfecto, pues a mi madre no se le escapan los detalles. La angustia por no ser sorprendida con eso y de paso encontrar algo en qué llevar mis revistas era tal que no pude almorzar, ni siquiera agua podía tomar. Si me sorprendían con esas revistas, me darían mis correazos. Miraba alrededor desesperada, mordiéndome los labios y mientras eso lo pude ver: apareció como un milagro el maletín, viejo, feo, con mal olor y misterioso; mi padre lo había usado un tiempo para vender algo, pero en Bogotá un vendedor negro no era muy exitoso, al menos en esa época, a mediados de los años ochenta.
—¿Puedo llevar ese maletín? —pregunté.
—¿Cuál? —dijo mi madre, sin mirarme ya mientras lavaba los platos.
—El de mi papá, ¿me lo presta? —le dije.
—Muestre si está bueno, tal vez —en tono seco respondió.
Era café, viejo y mohoso, con tres compartimentos internos, justo lo que necesitaba. A la mañana siguiente, en el patio de formación recitábamos de memoria:
Esclarece la aurora el bello cielo,
Otro día de vida que nos das,
Gracias a Dios creador del universo,
Oh tierno Padre que en el cielo estás.
Te suplicamos por nuestra amada patria
Por la Iglesia elevamos oración;
Por nuestros amados padres y familia
Siempre dichosos los hagas Señor.
En tu santo nombre comenzamos
Este día de vida que nos das;
Haz que lo acabemos santamente
Oh Padre Nuestro que en el cielo estás.
Ya luego en el salón en la clase de Ciencias Naturales hablamos del Pacífico colombiano y la maestra dijo: “Esa es una zona de clima malsano, donde habitan muchas serpientes venenosas, culebras que pudren la parte del cuerpo que muerden, allá no hay hospitales y la gente se muere antes de llegar al hospital”. Y entonces así nació lo que llamaba yo al inicio de este relato ‘mi dictadura’: “¡Yo soy de allá!”, dije, y repuse abriendo mis ojos redondos, “del Pacífico. Y todo eso es cierto, profe”. Los ojos de todos esos niños de rasgos indígenas, cabellos lacios poblados de piojos me miraron atónitos, llenos de curiosidad y espanto. En el recreo me hicieron rueda para hacerme preguntas y alquilar mis productos, entonces les dije, con voz de presentador de show de magia y haciendo ademanes: “Aquí en este maletín cargo una culebra, una bravísima; me la mandó mi abuelo del Chocó para que me cuide, ¿quieren ver?”, gritaron espantados…
Bajo esa amenaza mi vida cambió, un séquito de obedientes sirvientes apareció y fui nombrada como ‘la niña del maletín’. Hasta las maestras me decían: “Niña, usted, la del maletín…”. La leyenda creció. Un día en el que me distraje en los ejercicios de matemáticas, un niño al que apodaban ‘Piel roja’ porque su rostro era similar al indio de los empaques del cigarrillo metió la mano y algo lo picó. Su grito se escuchó hasta Primero C y su mamá lo vino a buscar. Resulta que en ese maletín mi papá guardaba cuchillas de arreglar patillas y barba. En verdad ‘Piel roja’ presentó una infección. Yo nunca había revisado qué contenía el maletín, solo lo limpié con betún y cepillo hasta que brilló como mis zapatos de escolar.
En los días siguientes, al verme todos sentían terror, me regalaban gaseosa, empanadas, y nadie tardaba en pagar el alquiler de las revistas. Es más, después aumentó el dinero y pude hacer préstamos que se pagaban a la siguiente semana con un paquete de Sparkies. No hacía fila para comprar en la cafetería, y por fin pude ir a los baños, alguna vez los niños grandes intentaron algunas cosas conmigo y me salvó la campana, así que jamás iba al baño de la escuela, por eso no tomaba agua ni gaseosa y era el ejemplo de la clase, jamás iba al baño.
Yo era una dictadora de fluidas historias que me narraba mi mamá sobre brujas y duendes, el diablo bailando en las fiestas… las contaba de manera teatral y los niños siempre gritaban del susto al final. Mi régimen se extendía hasta golpear a los abusadores, aunque fueran niños y más altos me sentí empoderada, tanto que vetaba de mis historias a quien me interrumpiera. Al finalizar el año, me invitaron a dos fiestas de cumpleaños, eso nunca me había sucedido.
Al año siguiente mi hermanito empezó primero de primaria. Una mañana entré a mi salón y me pidió un lápiz; metió la mano en el maletín y sacó dos lápices nuevos vigilados ‘por mi serpiente’ y todos mis compañeros sorprendidos le advirtieron: ¡cuidado que lo muerde la culebra! Y él, con sus grandes ojos redondos, les dijo: “¡Cuál culebra, si mi hermana no puede ver ni una lombriz!”.
Ese fue el fin de mi dictadura.
Contaba con diez años, precisamente ese día los cumplía, y me encontraba en el municipio de Cértegui, Chocó, lugar de nacimiento de mi madre, y de domicilio de mi familia materna. Cértegui es célebre por sus dos ríos, Quito y Cértegui. Yo estaba entusiasta porque tendría la posibilidad de disfrutar de sus aguas, pues estábamos en épocas vacacionales y solo en esas fechas mi madre, mi hermana y yo nos desplazábamos desde Quibdó hacia allá.
Ese 10 de julio de 2007, mi madre, mi hermana de escasos tres años y yo salimos en horas de la mañana de la casa de mi abuela con destino al río Cértegui. Mi mamá con el objetivo de lavar la ropa que habíamos ensuciado durante nuestra estancia y yo con la ferviente ilusión de zambullirme en dichas aguas, porque siendo sincera, desde que tengo memoria he disfrutado estar dentro de los cuerpos hídricos.
Recuerdo que al llegar nos situamos en la playa y mi mamá me dijo que esperara a que ella lavara toda la ropa para meternos todas al río para ella poder estar pendiente, ya que yo no sabía nadar. Sin embargo yo, consciente pero impaciente, entré al río, con la excusa de que solo me mojaría los pies y me quedaría cerca a la orilla, a lo que mi mamá accedió sin reparo alguno.
Aprovechándome de su concentración en el oficio, decidí adentrarme un poco más... Al recorrer varios puntos del río y darme cuenta de que la altura del agua no me generaba ningún peligro, seguí paseando por el mismo sin decirle a mi mamá cuánto me desplazaba, todo esto sin conocer el terreno en el que me movía ya que era la primera vez que iba a ese río. Fue así que, entre ires y venires, me topé con un remolino que en cuestión de segundos me tragó, y sin nadie percatándose de ello. Vuelve a mi memoria la desesperación que viví en ese momento que me sigue pareciendo que fue eterno; tragué mucha agua y cuando lograba emerger del remolino y tomar un poco de aire para gritar y pedir auxilio, de nuevo me sumergía dentro del mismo. Lo intenté varias veces, así que, en un momento, no sé si llamarlo de iluminación o de resignación, opté por no esforzarme más para intentar salir ya que el resultado seguía siendo el mismo y decidí levantar un brazo y esperar a que alguien lo viera.
La verdad, después de eso solo recuerdo encontrarme tendida en la playa, bajo la vista de muchas señoras que, según relataron, eran enfermeras que iban de paseo al municipio de Tadó, pero que por haber salido tarde decidieron quedarse en Cértegui. De ahí me quedó la primera enseñanza: Dios siempre envía ángeles para que nos cuiden.
Me cuenta mi mamá que ella no se dio cuenta del momento en que me le perdí, ya que creía que estaba cerca como le había dicho, que se percató de mi ausencia cuando al escuchar la bulla de la gente no me vio por ningún lado y que corroboró que la ahogada era yo cuando vio a una muchacha sacando de los cabellos a una niña del río. Debo reconocer que al día de hoy desconozco el rostro de quien me salvó la vida, sin embargo, siento un inmenso y profundo agradecimiento por ser el instrumento enviado por Dios para literalmente jalarme de las manos de la muerte.
Este episodio en mi vida se convirtió definitivamente en un antes y un después, porque pese a haber tenido acercamientos con la muerte, respecto a familiares muy cercanos, no tenía conciencia plena de la misma. Este hecho me hizo entender que en definitiva estaba expuesta sin importar el hecho de ser pequeña; me llevó a volverme una oyente fiel y cumplidora de la palabra de mi mamá, de que cuando ella decía “no” no había poder humano que a mí me hiciera llevarle la contraria; aprendí a esperar el momento en que me dijeran que hiciese las cosas.
Pero todo no fue bueno, pues por mucho tiempo le temí al río, le temí al agua. Después de ese día le pedí a mi mamá devolvernos a Quibdó, ya que no encontraba razón para estar en Cértegui. En las siguientes vacaciones no era capaz de entrar sola al agua y si lo hacía, el agua no debía pasarme de los muslos… Fue así por mucho tiempo, estimo tres años más o menos.
Pero el paso del tiempo, el adquirir más conciencia, responsabilidad y madurez me ayudó a entender que ya no debía ser así, que si bien viví una situación que pudo haber sido determinante, debía sobreponerme a ella. Entendí que no era dejar de hacer las cosas, sino hacerlas con el debido cuidado, la debida diligencia… Así que volví al río, todavía sin saber nadar, pero ahora sí preguntaba por dónde debía y dónde no debía estar; me cercioraba de estar en tierra firme antes de dar un paso fuerte y seguro; me permití perder el miedo y decidir aprender a nadar; así que ahora, a pesar de no ser una experta nadadora, soy experta preguntando dónde sí y dónde no, observando el espacio y a los que conocen el espacio.
Y todo esto que viví he logrado aplicarlo a todas las áreas de mi vida: he aprendido a escuchar, incluso escucho el triple de lo que hablo, guardo la calma ante situaciones exasperantes, analizo los escenarios, las posibilidades, y sobre todo entiendo que sola no puedo; que puedo tener muchas ganas de hacer algo, mucha fuerza para lograrlo y muchas otras cosas que me llevarían a alcanzar lo que quiero, pero siempre va a haber alguien que me va a jalar de las “greñas” cuando me esté hundiendo. Siempre va a haber alguien que me va a devolver la respiración cuando me esté quedando sin aire, siempre alguien que servirá de soporte cuando tenga miedo de enfrentarme a una situación, y por supuesto alguien que ya lo vivió y me va a servir como guía o como inspiración.
Un día me cansé de ser quien era, de no tomar riesgos, de temerle a la opinión pública y no concluir mis actividades. En el colegio siempre me involucraba con trabajos artísticos, iba a las clases, me desempeñaba muy bien, pero cuando era el momento de debutar la grandiosa coreografía me rendía minutos antes de salir y prefería quedarme de espectadora en vez de ser la anfitriona. Tenía buena actitud de mando y liderazgo en mi salón de clases, algunos compañeros insinuaron postularme para personera…¿Y qué creen que hice? Sí, de nuevo tuve miedo de enfrentarme, de no ser elegida, de fracasar, de ser motivo de burla y pocos días antes de la última fecha de inscripción cedí el puesto a uno de mis compañeros y decidí ser su jefe de campaña; al parecer me gustaba estar detrás del escenario.
Me sentía tan agobiada de mi pánico escénico que cuando entré a la universidad lo único que quería era olvidar todas esas fallas que en el pasado tuve. Aún recuerdo con temor mi primer día de clases. Había planeado con un mes de anticipación qué ropa me iba a poner el primer día de clases; quizás parezca algo exagerado, pero no quería que nada saliera mal, y un buen atuendo y una buena actitud me haría entrar con fuerza y confianza. Como de costumbre le entregué mi día a Dios, le pedí su dirección y que guiara mi caminar, que todo estaba en sus manos: mi inicio en la universidad y la culminación de la misma.
Salí de casa con mi camisa verde esmeralda, tenía un estilo caído que dejaba ver mi hombro izquierdo, una básica blanca debajo de la blusa, acompañado de mis jeans, sandalias verdes, y mi cabello recogido hacia atrás con una partidura un poco más hacia la izquierda (me gustaba dejar más cabello hacia la derecha, creo que me hacía ver un mejor perfil).
Era ya la una de la tarde, tenía clase a las dos, pero me gustaba caminar y la universidad me quedaba cerca. Llegué al salón de clase, me hice en los puestos de atrás, justo cuando el profesor dice “preséntense, conozcámonos un poco mientras llegan sus demás compañeros”. Se me hizo un nudo en la garganta, pareciera que la fuerza se me estaba yendo, podía sentir la presión cada vez que mis compañeros decían con tanta fluidez sus nombres, sus actividades y demás ocupaciones; me perdí por un momento de la clase, solo estaba mi miedo y yo.
Cuando regresé todos me observaban, en milésimas de segundos entendí que era mi turno, me levanté y tartamudeando dije mi nombre, mi edad, y me senté. El profesor me miró y preguntó “¿Practicas algún deporte? ¿Qué haces en tu tiempo libre?”, respondí con la cabeza diciendo que no y dije que en mis tiempos libres me gustaba hacer ejercicio, pero que no practicaba algún deporte en sí, que solo me gustaba correr y terminar con una sesión de yoga.
Semanas después de ingresar se abrieron las convocatorias para inscribirse en los semilleros de la universidad (danzas modernas, orquesta, danzas folclóricas); como soy buena con el movimiento, pero no con la voz, elegí meterme en ambos semilleros de danza. Bueno, realmente quien más insistió fue una compañera llamada Cristina. De verdad no saben lo insistente que puede llegar a ser con tal de conseguir su objetivo; el de ella era entrar a danzas folclóricas, pues ya llevaba un recorrido en la cultura del Pacífico, era poeta, danzaba y también tocaba marimba y uno que otro instrumento, le decíamos ‘de todito’ porque hacía de todo.
Tampoco quería ser parte del grupo antichévere (así le decía ella a los que no les gustaba hacer otra cosa que no fuera estudiar, no se divertían o en su defecto no hacían lo que ella dijera); eso sería mal comienzo en mi hoja de vida en la universidad, y créame, hasta el día de hoy siento que fue mi mejor opción, además de que necesitaba romper mi pánico escénico, qué mejor forma que a través del baile (mi mejor aliado).
La universidad no tenía un grupo folclórico establecido así que con varios compañeros iniciamos a construir nuestro conjunto, además porque esos espacios artísticos en concursos siempre eran usados por los mismos… La sede principal era quien nos representaba en los escenarios departamentales, regionales y nacionales, y no dejaba participar a sus otras sedes. Debíamos pelear esos lugares, pero tocaba trabajar duro en ese proceso, la universidad nos exigía unas bases y nosotros debíamos responder con el nivel para poder reclamar.
La verdad es que estar en medio del nacimiento de algo me enseñó muchas cosas, nos tocó trabajar por nuestro reconocimiento, por espacios adecuados para ensayar, uniformes, instrumentos y demás utensilios que necesitáramos. Esto me hacía sentir más vinculada a la lucha de la que muchos activistas de la universidad hablaban por los pasillos. Comencé a conocer falencias y a darme cuenta de cómo por mucho tiempo había estado dormida frente a la desigualdad que vivíamos, aprendí sobre la discriminación invisibilizada que vivía aquella sede por estar ubicada en un territorio negro.
De allí empecé a averiguar más sobre esto y a participar de cuanto foro dictara la universidad; quería seguir peleando, pero con bases, ya que observábamos muchas diferencias entre esta sede y la sede principal, donde como grupo folclórico no nos tenían en cuenta. En ese momento tomé conciencia y me di cuenta de que esto no era solo superación personal sino colectiva; no era solo en los semilleros donde teníamos distinción, poco a poco me fui enterando de muchos aspectos de la universidad que no eran los más apropiados…
Como buena universidad pública hubo un paro al mes y medio de clases, participé de las asambleas, de las discusiones y así me iba empapando poco a poco de mi entorno tanto político y educativo porque estos no están desligados. La educación ha pasado de una necesidad básica a un juego político donde los candidatos cada vez lo usan en sus temas de campaña, donde el gobierno se hace el sordo en los desniveles educativos que vivimos porque le favorece tener un pueblo sumiso y callado que no sepa cómo reclamar sus derechos y para eso lo necesita ignorante.
Empecé a ser mucho más crítica y a querer impartir mis conocimientos con otros chicos, a querer hablar, a no tener miedo de reclamar, de exigir porque hay cosas que nosotros exigimos con tanta lucha (y por lo cual se ha derramado sangre, cuando eso debería ser lo primordial). El paro culminó, pero en mí quedaron las ganas de conocer más el funcionamiento de la universidad, ¿cómo se manejaban las cosas en ella?, ¿a que teníamos derechos? y así estos conocimientos los usé para el fortalecimiento del grupo folclórico que no era solo de danzas sino una forma de combatir las injusticias.
Fui calificada como una de las mejores danzarinas, no solo por mis buenos movimientos sino por mi papel para demostrar que estábamos al mismo nivel que el grupo de la sede principal y que teníamos todo el derecho de participar en nombre de la universidad. Cada que entraba alguien nuevo me esforzaba por que se aprendiera los pasos muy rápido, le dedicaba de mi tiempo, horas extras de ensayo para que alcanzaran el nivel y así en las competencias no hubiera duda que nosotros también podíamos ir a los concursos y dar lo mejor de nosotros, lo mejor del Pacífico. Las danzas fueron lo primero por lo que luché, y lo que me encendió la llama para no dejar de luchar.
Durante una clase en la universidad sentí cómo la inteligencia, la capacidad y el profesionalismo de una mujer negra pueden estar determinados por la longitud y la forma de su cabello. Inesperadamente y frente a todos mis compañeros, la profesora Anita se dirigió a mí con una mirada intimidante, un tono despectivo y arrogante, una postura rígida y de brazos cruzados, y me dijo: “Hey, you! ¡Péinese! ¡Recójase ese cabello y preste atención a lo que estoy explicando!”. No sabía a quién se dirigía, pues no solía llamar a nadie por su nombre. Cuando supe que me hablaba a mí, confundida ante su comentario, le respondí: “¿Qué me peinó? Mi cabello es así”. No entendía por qué llevar mi cabello al natural era una razón para no atender a su explicación. Como si mi cabello me hiciera menos inteligente y capaz que mis compañeros. Sin darme cuenta, con mi respuesta, justifiqué la longitud y la forma de mi cabello. Solo sentí la necesidad de defenderlo.
Unos segundos después miré a mi izquierda, luego a mi derecha tratando de ver alguna reacción por parte de mis compañeros. Nadie parecía haber percibido la violencia de esas palabras. Todos seguían viendo al tablero sin notar la rabia, la tristeza y el dolor punzante en mi rostro. Me dirigí hacia la puerta tremendamente indignada mientras me preguntaba: ¿Cómo podía alguien decirme algo así y no avergonzarse? Y ¿cómo podía el resto de los presentes permanecer inmutable ante este comentario racista e ignorante? Salí del edificio. Mire al cielo, estaba despejado y muy azul. Respiré profundo queriendo llenarme de aire, quería sentirme limpia y libre de aquella sensación de rabia y angustia. Salí de la universidad y sin darme cuenta ya estaba en mi casa, en mi habitación. Sobre mi cama, lágrimas resbalaban por mis mejillas, llenas de furia y orgullo. Me sentí sola. Si nadie, en aquella mesa, había captado esa agresión a mi persona, a mi raza, a mi ser, me hizo pensar que quizás yo era la única equivocada. Pero sabía que no era así.
Quizás este comentario no me hubiera afectado tanto si días antes, por pura coincidencia, no hubiera descubierto que la misma profesora tenía apodos para dirigirse a sus estudiantes. En la lista del grupo, frente al nombre de cada estudiante, ella escribía en lápiz los apodos que según a su parecer mejor los describían. Para ella lo que mejor me describía era mi cabello. Enfrente de mi nombre estaba escrito bad hair. Pelo malo, eso era yo para ella: Pelo Martínez Villota.
De niña tuve muy poca conexión con mi melena. Por años mi mamá solía hacérmela cortar hasta los hombros. A los doce años decidí dejarla crecer. No sabía lo larga y abundante que podía llegar a ser. Tanto cabello me fue muy difícil de manejar; peinarme era una tortura, intentaba hacerme cierto peinado y terminaba harta y odiando tanto cabello, tanto rizo indomable, tanto volumen. Mis tías, mis primas y mi mamá veían cuánto sufría y me decían que usara desrizante, que me ayudaría a moldearlo y peinarlo más cómodamente. Lo pensé por unos días, pero opté por no aplicar nada en mi cabello, preferí dejar mi cabello así, como era. En ocasiones me peinaba con moños o colas. Otras veces le hacía trenzas que al mojarlas se volvían rizos. Llegó el momento de la adolescencia, en el que quería verme y sentirme linda. En mi cumpleaños número quince mi mamá y yo decidimos que era el momento de conocer el secreto de la belleza: un alisado para mi pelo rizado.
La tarde del primero de octubre de 2011 llegué a la peluquería de Deisy, la encargada de hacer sentir a mi mamá bella con su cabellera lisa y sedosa; ahora era mi turno. Me senté en el sillón y me preguntó si tenía el cabello sin lavar, pues así el alicer haría mejor su trabajo. Después de tener puesto el producto en mi cabeza, me dijo: “Déjatelo puesto todo el tiempo que puedas, cuanto más dures con él, mejor”. “Cuando sientas que te empiezas a quemar me avisas para lavarlo”. Me senté a esperar y sentí cosquillas en el cuero cabelludo, pero no dije nada. Duré con esa crema en mi cabello más o menos cuarenta minutos. Cuando realmente comencé a sentir que se me quemaba hasta el cráneo, presa del pánico empecé a gritar: ¡me quemo! ¡Me quemo! Inmediatamente, Deisy me llevó al lavadero y empezó a quitarme el alicer con agua fría.
Cuando Deisy terminó de arreglar mi cabello, tenía quemaduras de ácido por toda mi cabeza. Ahora sé que se pusieron peor por la secadora, el cepillo y la plancha del mismo día. Sin embargo, en mi reunión de quince años, esa misma noche, me veía y me sentía bella. Era toda una Pocahontas con mi larga melena negra, lisa y abundante. Pensé que esas cuatro horas en la peluquería habían valido cada segundo. Después de ese día mis rizos estaban más sueltos y manejables. Me gustaban así, por lo que no volví a aplicarme más aquella crema alisadora.
Un año después, el día de mi graduación del colegio, alisé mi cabello con la plancha que me regalaron el día de mis quince. Era una plancha iónica que dejaba mi cabello más brillante y sedoso. Este maravilloso artilugio también reducía el encrespamiento y el frizz de mi melena. Esta vez vi y sentí mi cabello más suelto y más liso que hace un año. Me encantó, y después de ese momento empecé a plancharlo cada tres o cuatro días. A las pocas semanas de mi graduación me mudé a Bogotá y seguí planchando mi melena con la misma frecuencia. Para mí era mucho más fácil controlarla así.
Pasados unos meses en Bogotá, llegó el punto en que ya no tenía tiempo ni para planchar mi cabello. Una mañana lo lavé y salí corriendo a clases. No me quedaba otra opción que llevarlo al natural mientras se secaba. Era una cabellera grande, rizada y muy abundante que casi formaba un afro. Ese día decidí sentarme en la primera fila, y desde atrás un compañero me gritó: “Puede peinarse que no me deja ver el tablero”. Giré, le lancé una mirada con intención de exterminarlo y le respondí: “Cámbiate de lugar”. Volteé la cara y lo ignoré. Luego de unos minutos sentí la mano de una compañera tocando mi cabello y vi cómo se le salían los ojos de su órbita, al parecer nunca había visto un cabello como el mío. Estaba ofendida, me sentía agredida e invadida, pero creo que ella no lo notó. Mientras la veía con ganas de querer herirla y lastimarla, ella hizo las preguntas típicas exoticas: “¿Es de verdad? ¿Cómo se pone así? ¿Cómo te lo lavas?”. La miré fijamente pero no le respondí, traté de continuar con la clase. Al salir del salón me prometí no volver a llevar mi cabello al natural, para evitar situaciones similares.
Seguí planchándolo con la misma frecuencia por unos meses más. Sabía que mi cabello estaba sufriendo, pero no quería hacer nada para ayudarlo. El día de mi cumpleaños número diecisiete estaba planchando mi cabello cuando de repente mi maravillosa plancha dejó de funcionar. Sin mi aliada ya no podía seguir planchando mi cabellera; desde ese momento dejé de hacerlo. Por los siguientes trece meses mi pelo no tenía forma, las raíces eran crespas hasta las orejas, el resto del cabello era liso. Después de lavarlo solo lo recogía, pero no hacía nada para ayudarlo y cuidarlo. Una tarde de noviembre de 2014, al salir de la ducha, me paré frente al espejo y vi mi cabello maltratado y sin forma. Salí del baño, me vestí y con la toalla en la cabeza salí a buscar a dos amigas para que fueran parte del siguiente momento.
Ana es una mujer mestiza crespa y Vanessa es indígena de cabello liso. Les pedí a ambas que me cortaran el pelo. Mi transición estaba por empezar. Dicen que cuando una mujer se corta el cabello es porque va a hacer cambios drásticos en su vida; efectivamente así fue. Vanessa cortaba mi cabello mientras Ana vigilaba que la parte rizada no fuera cortada. Me lo dejaron casi a los hombros. El corte quedó horrible, pero no por culpa de ellas sino porque no había más opción.
Llegó diciembre y con él, mi regresó a Tumaco. Muchos se creyeron con el poder para hablar por mí y mis decisiones. Para muchos de mis amigos y familiares mi nuevo corte era horrible, y me dijeron: “Cris, piense en su futuro profesional”. “Al llevar el cabello natural, sus profesores y sus compañeros no la van a tomar en serio”. La presión social por poco me obliga a volver a alisar mi cabello, pero resistí. Por fortuna empecé a leer a mujeres que me enseñaron el valor político de mi cabello natural y cómo con él podía reivindicar los valores estéticos negros. En los Estados Unidos, mujeres como Angela Davis han luchado por la reivindicación de los valores estéticos afros. En España, Desirée Bela empodera a las mujeres negras desde el activismo estético afro, y comunidades digitales como Afroféminas ayudan a que mujeres afros mantengan una posición frente a la recuperación de su autoestima, respetando la naturaleza del cabello afro.
En abril de 2015 el segundo corte llegó. Agarré unas tijeras y me corté las hebras y las puntas lisas. Corté ese pelo maltratado y me quité ese poco de pelo ajeno. El siguiente paso fue hacerme trenzas con pelo sintético y así promover su crecimiento. Después de dos meses, quité las trenzas de mi cabello y en ocasiones llevaba el cabello recogido. El “halago” de “¡Qué linda te ves con el cabello totalmente recogido, sin que se te levanté ni una hebra!” no se hizo esperar; no le di gran importancia a su “halago”. Una tarde, mientras limpiaba mi habitación, no dejaba de retumbar en mi cabeza el tema de la clasificación del cabello. Unos días antes había oído que este tenía número y letra, no lo podía creer. Consulté a profundidad sobre el tema para saber en qué grupo clasificaba el mío y así darle el trato adecuado. Mientras me informaba más, entendí que mi cabellera no pertenecía al tipo 1, que es el liso; tampoco al tipo 2, que es el ondulado. No fue fácil encajar en el tipo 4, que es el afro, porque mi cabello no es totalmente afro. Así que asimilé que el mío es una combinación de 3C y 4A, una gran melena de rizos voluminosos y apretados.
El tercer y último corte llegó a finales de julio del mismo año. Fui a un salón de belleza, exclusivo para negras, para que le hicieran un lindo corte a mi cabellera. Mi cabello quedó hasta donde finaliza el cuello, pero la parte de atrás era más corta que las mechas de los lados que le daban forma a la cara. Me sentía la dueña de mi mundo y eso había que mostrárselo a los demás. Los meses posteriores hablé con estudiantes afros de la universidad para que planteáramos y ejecutáramos una iniciativa en la que se reivindicara la identidad afrocolombiana y sus aportes al país. En marzo de 2016, después de mucho trabajo y gestión, fundamos el Colectivo de Estudiantes Afrodescendientes de la Universidad Nacional. Nuestra primera participación como colectivo fue en la Primera Semana de la Diversidad Cultural de la Universidad Nacional, con la muestra taller Trenzado caminos de libertad. En esta exposición hicimos énfasis en que el cabello es el territorio mismo de donde nosotros procedemos. Nuestro pelo es la extensión de la resistencia contra el olvido, la discriminación y la negación.
Días después de esta exposición ocurrió el desastroso comentario de la profesora Anita. Sentí que todo lo que había logrado hasta ese momento estaba perdido. Esas palabras desencadenaron problemas emocionales que no imaginé. Dudé de mí por meses. Pensaba que entre menos malo tuviera el pelo, menos negra parecería. Entre menos negra, menos segregada, menos arrinconada y menos posibilidades me serían arrebatadas. Inevitablemente, empecé a asociar la aceptación con el hecho de tener el cabello liso.
Por fortuna sus palabras no pudieron con mi lucha. El 9 de abril de 2018 fue mi grado en la universidad. Ese día lucí un poderoso e imponente afro; fue mi manera de enviarles a todos un mensaje de comprensión histórica y de reivindicación a las mujeres negras, a nuestro cabello. Un mensaje de aceptación al llevar el cabello afro natural y no como la sociedad nos insiste en llevarlo. Ese día envié un mensaje político claro: este es mi territorio y no el suyo. Es mi identidad. Ahora puedo decir que mi pelo rizado, chuto o rucho es un pelo bueno. Nadie puede decirme lo contrario porque no existe nada malo con él. No juzgo a las mujeres negras que eligen llevar el cabello alisado, en trenzas o que simplemente prefieren no tenerlo, porque esa es la forma que ellas han encontrado para sobrevivir.
¿Para qué te sirve la cabeza?
Para guardar mis historias
¿Y dónde las guardas?
En mi cabello.
Yo soy mi pelo. Una trama enmarañada de experiencias, ideas e historias. Mi cabello es como mi mente, selvática y misteriosa. Mis cabellos son lianas de hilo de donde se cuelgan las historias. Allí se balancean y juegan durante el día y la noche. Algunas veces se dejan caer sobre mi frente, mi espalda o detrás de mis oídos. Yo las escucho jugar, las escucho bailar y cantar hasta que vuelven a adentrarse a la selva. Me gusta que me hablen, sobre todo cuando escribo. Por eso, al escribir siempre me acaricio el cabello, incitando a las historias para que me cuenten algo. Me acaricio el cabello para que las historias me susurren sus historias al oído.
Cuando tenía nueve años, mi papá me mandaba solo al peluquero.
—Que quede bien bajito —me decía.
Yo detestaba la hora del corte de cabello. Un señor se paraba frente a mí y me agarraba la cabeza como si yo fuera un balón de baloncesto. Me arrastraba la máquina por la cabeza y yo sentía que el cabello me caía por la espalda, las orejas y el pecho como si fuera nieve. Cuando la máquina me pasaba por las orejas, yo sentía un cosquilleo que me ponía toda la piel arrozuda, sentía que ese ruido aparatoso me molestaba y no lo quería cerca de mí. Mi pelo era un pelo apretado que se amoldaba en forma de resortes sobre mi cabeza, pero recién cortado parecía una masa sin sentido. Ya cortado parecía que no era mío.
Esa era la rutina del primer sábado de cada mes. A veces había que ir a buscar al peluquero por una razón extraordinaria: un evento especial en el colegio, una izada de bandera, o la clausura de fin de año.
Mi pelo continuaba creciendo. Nada lo detenía y ahí debía estar yo para acudir al peluquero. No me gustaba que nadie lo tocara ni se metiera con él. Recuerdo que una vez durante el recreo de la escuela, un niño cansón empezó a molestarme. Me tiraba abrojos que se me enredaban en el cabello y me chuzaban cuando los quería retirar.
Jugábamos fútbol y él continuaba persiguiéndome con sus abrojos hasta que lo enfrenté, lo empujé y él reaccionó. Era grande y tenía brazos gruesos. Se llamaba Bernely y era el cansón de la clase. Cuando lo enfrenté empezó a golpearme. Sus grandes brazos rebotaban sobre mi cabeza como si yo fuera un tambor.Él había tomado la delantera y yo no podía pegarle porque sus brazos no dejaban de moverse. No sé cómo hice, pero saqué un puño fuerte y lo descargué sobre su nariz.
Su nariz empezó a botar sangre y yo me asusté. Mis compañeros nos separaron y en cuestión de segundos llegó el profesor. Yo estaba asustado, pero mis compañeros se reían y celebraban. Cuando llegó el maestro, yo no sabía qué decir ni cómo explicarle que le había reventado la nariz por meterse con mi pelo, solo le dije que él había empezado y cuando quise continuar mis palabras no pudieron salir más de mi boca. Empecé a llorar.
Años después, cuando tenía quince años, me dejaba crecer el cabello porque podía jugar con varios estilos. Lo usaba largo, a pesar de que mis profesores me recalcaran constantemente por eso. Por esos días ocurrió algo trascendental en mi vida como estudiante y escritor. Todos los cursos de español de mi colegio habían decidido hacer parte de un concurso de cuento donde participaban la mayoría de colegios del departamento. Yo nunca supe cuándo iban a entregar los resultados y tampoco estaba pendiente. Un día mientras revisaba mi correo me enteré de que desde una semana atrás me habían intentado contactar para confirmarme que yo había sido el ganador. La premiación oficial ya había pasado, pero el correo decía que debía ponerme en contacto con los organizadores para cuadrar una nueva fecha de premiación; una reunión más privada. Cuando me enteré llamé al director del concurso y me dijo que tenía que presentarme en dos días en el despacho de la gobernación.
Al otro día fui al colegio y todo me parecía normal. Sin embargo, los profesores ya se habían enterado y andaban alborotados con el premio. La rectora me felicitó y me dijo que tenía que ir muy bien presentado, por lo que era indispensable que me cortara “ese mechero”.
Ese día llegué a mi casa y salí directo a buscar al peluquero. Quería un corte formal, para la ocasión, pero también quería conservar mi cabello. Al final me di cuenta de que esas dos ideas no coincidían en la mente del peluquero. Para ella, era difícil mezclar irreverencia con formalidad. Cuando me vi en el espejo me di cuenta de que me habían hecho un corte militar.
El día de la cita me compraron zapatos nuevos, me vestí con el uniforme del colegio y por alguna extraña razón sentía que había dejado de ser yo. En el momento de la premiación sentí que la persona que recibía el premio del cuento ganador no era la misma persona que lo había escrito.
Un año después, cerca de la fecha de graduación, volví a tener el cabello largo. Tenía que tomar una decisión: cortarlo o dejarlo. En ese momento decidí dejarlo largo, aunque con algunos pequeños retoques por recomendaciones externas. Pero yo seguía pensando que era yo y mi cabeza y mi inteligencia y mi cabello quienes debían recibir la graduación.
Cuando salí del colegio me sentí libre, no pasé a la universidad, pero empecé a estudiar música de manera autónoma. Ahora nadie me decía qué tenía que hacer o decir. Nadie me decía si mi cabello estaba bien o no y sentía que por fin podía ser yo mismo. Al final de ese año de informalidades me enteré de que había sido el ganador de un concurso internacional de cuento. Cuando leí mi nombre en la publicación me empezaron a temblar los labios y las piernas y tuve que leerlo una vez más para confirmar. Era yo, mi cabello y yo.
Cuando le conté a mi mamá se puso muy contenta. Luego fui al colegio y les comenté a los profesores. Algunos empezaron a gritar y saltar. Aunque ya me había graduado, yo me había inscrito cuando aún era estudiante y por eso el colegio también recibiría un premio. La rectora dijo que iba a llamar a la prensa y a la televisión y yo me asusté. Me sentí nuevamente indefenso ante la actitud de la rectora, quien volvió a reprocharme la apariencia de mi cabello largo. Durante un mes estuve pensando si debía cortar mi cabello para la ceremonia. Sentía que algo no estaba bien, pero a mis diecisiete años no sabía de qué se trataba.
Viajamos a Cali y allá nos encontramos con una prima. Al verme se enojó y reprochó mi decisión.
—Te cortaste el pelo.
—No fue por mí, fue la rectora que casi me lo ordenó. Me dijo que tenía que ir bien presentado.
En ese momento recibí una de las lecciones más importantes para autorreconocerme y valorarme, valorar mi cabello y lo que era.
—Usted está bien presentado así y a usted lo deben querer como es. Si usted escribe con el cabello largo, ¿por qué se lo debe cortar cuando lo van a premiar por lo que escribió?
Me di cuenta de que había cometido un error. Me había cortado el cabello solamente por darle gusto a la rectora, que a pesar de ser una mujer negra no podía reconocer que también ella alisaba su cabello para satisfacer a alguien más. Desde entonces no me volví a cortar el cabello. Una de las últimas fotos que tengo con el cabello corto es precisamente la de aquella premiación. Al mostrar la foto muchos se ríen y no me reconocen en ella.
Allí empezó mi lucha. Desde que tomé esa decisión he tenido que resistir las miradas, comentarios e insultos por tener el cabello afro. Desde “córtate ese pelo”, hasta “mechudo hijo de…, cabeza de trapo, cabeza de trapeador…”. Durante estos siete años he tenido que resistir diariamente la actitud de las personas que no aceptan que yo sea diferente, que mi cabello sea diferente.
En el trabajo y la universidad ha habido una lucha mayor porque mi cabello no se ve profesional, porque me tildan de marihuanero, vicioso, o porque simplemente me enojo cuando no permito que alguien toque mi cabello.
Estudio para ser profesor, pero mi imagen no coincide con el imaginario que los niños tienen del profesor. Así ocurrió durante la primera práctica docente que hice durante mi carrera. Fui a dar clases a un colegio infantil. El grupo estaba conformado por niños y niñas entre seis y ocho años. No los conocía todavía, pero había preparado muy bien la clase para que tuviéramos una sesión agradable.
Cuando entré al salón, todos los niños empezaron a reírse. Me confundieron con el payaso que les ha mostrado la televisión o con el hombre negro que hace reír a los demás con sus comportamientos ridiculizantes. Ahí me di cuenta de que el racismo había cruzado fronteras inimaginables de edad, de sexo, de género, de nacionalidad y lenguas.
Nadie se puede escapar, pero sí podemos liberarnos a nuestro modo. Con mi nivel de conciencia mi cabello afro me ha ayudado a darme cuenta de muchas cosas que hoy entiendo como actos racistas de la sociedad.
Me he dado cuenta de que no existen superhéroes con el cabello afro como el mío, que me generen orgullo y que me motiven a ser como ellos. No existen actores ni personajes afros con los que me pueda identificar. Cuando era pequeño quería ser como Flash, pero cuando él se quitaba la máscara me daba cuenta de que no tenía ni mi piel, ni mi cabello. No existen ni hombres ni mujeres afros en los libros que leía de la escuela, incluso ahora que estoy en la universidad me doy cuenta de que tampoco acá se habla de los artistas, escritores y científicos afros que hicieron parte de la historia.
Nos han borrado de la historia, nos han querido esconder nuestro pasado orgulloso y nos han mostrado su camino, para que nosotros nos parezcamos a ellos. Por esa razón continuaré luciendo mi cabello afro, porque sé que les molesta, porque a través de él resisto y reexisto diariamente como una semilla que se rehúsa a morir.
Mi cabello guarda muchas historias y si lo corto es como si eliminara todas esas historias de mi cabeza. Por eso seguiré cultivando mi bosque, mi selva misteriosa, donde brotan y crecen las ideas, donde florecen las historias.
Estoy dentro de mí, / envuelta en mi propia sangre, / en la sangre que me cubrió el cuerpo / el día de mi nacimiento. / En la misma posición / que conservé durante meses, / en el suave líquido / que vestía / nuestra fragilidad, / absorta y queda, / envuelta en mi embrión, / despierto y me veo,
/ soy yo / metida en la carne de mi madre. / El doble color del espejo, / el mundo diseccionado /en la luz del parto / y la partida del territorio / amado y perfecto...
Creación propia
Mamá dice que nací un viernes, entre las dos y treinta y las tres de la tarde, en el hospital local. Mis hermanos y yo nacimos un viernes, de los tres últimos meses del año: octubre primero, noviembre 25 y diciembre 14. Es curioso, cada uno nos tejimos como principio, mitad y final de un mes y de un año que seguía consecutivamente; así como de la historia familiar que empezó a escribirse cuando vinimos a este mundo. Algunos dicen que los nacidos en ese día de la semana son fiesteros, pero ninguno de nosotros lo es, tal vez la razón es que mamá nos cubrió en una burbuja después del parto. Veíamos todo a través de ese halo transparente, éramos vistos, pero también es cierto que fuimos impenetrables para ese microcosmos que conformaba ese barrio de río, piedras, arena y precariedad… Un barrio con nombre de santo y sin ninguna protección de alguno de ellos, y menos de Vicente, al que debía su bautizo.
Mi nacimiento fue un 14 de diciembre. Mamá cuenta que ese día salió de casa en la mañana con una leve llovizna. Ella estaba vestida con una batola azul con blanca, adornada con borlitas al frente del pecho. Caminaba con toda la prisa que podía una mujer grávida en sus últimos días de embarazo; había pesadez en cada paso dado. Sus piernas y sus pies estaban hinchados de tanto sostenerme en sus entrañas. Yo estaba inquieta y mamá lo sabía, porque le empecé a doler y a atravesarme en medio de sus piernas. Ella hizo una pausa en espera de que pasara un carro que pudiera llevarla hasta el hospital. Estaba en toda la esquina de la calle 24 con carrera quinta, en las afueras de la escuela Nicolás Rojas, que en ese entonces era de madera y estaba ubicada allí, donde hoy queda un semáforo, de esos que nos frenan frente al sol y la lluvia. Estaba allí de pie, en espera. Hasta que un taxi de esos grandes estilo jeeps paró frente a ella después de haber estirado el brazo haciendo una señal de alto.
El señor que lo conducía era un hombre mestizo y alto, de contextura gruesa y gesto amable.Él notó el cansancio en su cuerpo y bajó de su carro para ayudarla a subir, pues esos carros eran algo altos y mamá, como ya dije, estaba casi sintiendo mi cabeza en su abertura. Yo tenía mucha prisa por salir. Ahora entiendo desde cuándo empecé a ser impetuosa, todo comenzó ese día… Llegamos a prisa al hospital, y el señor del taxi, en medio de gritos de auxilio, les dijo a las enfermeras:
—Ayuden a la señora, ya va a parir.
La abuela quedó en casa, esperando que pasaran un par de minutos. Después salió a la puerta y miró a su hija alejarse sin centrar mucho la atención, porque en el barrio la gente siempre dice cosas; y lo cierto es que mamá no quería que nadie supiera que ya era el momento de mi alumbramiento. A pesar de saber que sería una cesárea, no había sido programada una semana antes por ninguno de esos doctores que se paseaban por ese frío hospital de paredes blancas y enmohecidas, con camillas oxidadas y cuartos minúsculos. Era el único hospital, así que sin duda era el “mejor”, el más apto para atender a mamá.
Mamaura, como le decíamos cariñosamente a la abuela, era una mujer delgada, de estatura media, pelo cano y corto; igual que el de Papahermo, mi abuelo. Ella había decidido llevarlo así para evitar complicaciones con las peinillas, además tenía que ahorrar tiempo para sus múltiples ocupaciones. Entre esas, cuidar a sus nietos, ir a comprar arroz al Idema (Instituto de Mercadeo Agropecuario, quedaba justo frente al mercado donde hoy queda el edificio de la Fiscalía de Quibdó) y pescados al mercado. También, de vez en cuando iba a la finca del abuelo, que quedaba en La Unión Panamericana —lo que hoy se conoce como el Cantón de San Pablo— a recoger la siembra: yuca, achín, plátano, bananos, cocos. Siempre llegaban a la casa con grandes bultos, que luego iban a vender al mercado; así que mis abuelos también eran comerciantes del sector agropecuario.
Nunca conocí ese lugar, así que no podría decir mucho sobre él, excepto que mis abuelos lo adoraban. Somos una familia campesina. Amamos la tierra y el río como si hubiéramos sido engendrados de esa unión, de las entrañas de la tierra y de la cuenca profunda del Atrato. Su olor a barro seco se nos quedó impregnado en la piel; siempre lo llevamos a donde vamos.
La abuela también era costurera. Ella nos hizo muchas de nuestras prendas cuando éramos niños, en esa peculiar máquina de coser negra, de marca Singer, que tenía un pedal y un aro enorme que parecía una rueca.¿No es una maravilla tener una diseñadora en la casa? Ya veo de dónde le viene el gusto por la moda a mi hermana.
Nos ahorrábamos mucho en vestimenta. La ropa más bonita y querida era esa, la que venía de manos de la abuela; éramos como su lienzo e inspiración. Ella era una mujer autoritaria, de voz firme y muy aguerrida. Fue la primera matriarca; y sus hijas Luisa, Aura e Isabel, como en una línea de sucesión, fueron las siguientes en cada una de sus familias. Luego vino mi hermana Aura, llamada igual que la abuela y mi tía, y yo, que heredé el nombre de mi madre por ser su hija menor. Nosotras también fuimos educadas para ello, para ser decididas, fuertes e independientes; resistir frente a todos los contratiempos y mantener la unidad familiar.
Nuestra familia siempre se ha mantenido unida y cerca. Las casas que se construyeron más adelante rodearon los cimientos de la casa de Mamaura. Fue así como nuestras tías se convirtieron en nuestras madres y nuestros primos fueron llamados hermanos, porque crecimos juntos y bajo el manto de ellas nos formamos.
Sin embargo, yo decidí partir cuando le dije a mamá que quería estudiar un posgrado en Literatura en Bogotá. Fui la única de las mujeres que estuvo tan lejos y por tanto tiempo. Todas ellas lloraron cuando me fui porque escaparía de sus cuidados. La ciudad era distinta, y yo, que era una niña criada en una burbuja, tuve que aprender a ser y a actuar como me enseñaron.
Mi partida también significó que el orden sería subvertido, que de alguna manera habría una ruptura en esa delgada línea de mando y control instituida por ellas; y que ahora está en manos de mi hermana, quien también heredó la casa de la abuela para conformar su familia bajo esos parámetros.
Volviendo a los avatares de mi nacimiento, luego de que la abuela vio a mamá irse, agarró el bolsito negro descolorido y se echó a andar como si fuese al mercado, para despistar a los curiosos. Mis primeros vestidos iban allí, y entre ellos estaba un pañal bordado por mamá con las iniciales de mis apellidos al extremo BR. Estos pañales pasaron de mis hermanos a mí y de nosotros a nuestros hijos. La abuela guardaba mis cosas con mucho recelo. Nadie podía siquiera sospecharlo, porque tal vez mamá y yo estaríamos en apuros… pues, como saben, a veces la gente del barrio además de hablar puede hacer cosas.
Mamá reventó fuente al poco tiempo de haber llegado al hospital. El suave líquido chispeó a algunas enfermeras. Este acto inducido por la naturaleza obligó a ese par de mujeres a correr con nosotras al quirófano. Nací por cesárea, aunque siendo sincera, mamá y yo sabíamos que quería salir por mis medios, ella no podía hacerlo. En su vientre estaba la marca de sus partos anteriores y yo sería la última que le desdibujaría las entrañas y la piel. Fui arrancada del vientre de mamá por las manos del doctor Mora, y de esas manos pasé a los brazos de Mamaura. Ellas dicen con orgullo que nací muy limpia y grande, que mi frente estaba cubierta de una sombra espesa y tenía abundante cabello. Aún conservo esos vestigios de pelo suave sobre mi frente, que riñen con el resto de cabello indomable y rebelde.
Fui recibida en la casa familiar, una casa grande hecha de madera y con una escalerita de tres tablones anchos, para evitar que el río, cuando abrazaba las calles, también nos mojara los pies. La casa tenía cinco cuartos y un gran pasillo que llevaba a la cocina y el patio. Los cuartos y el pasillo tenían como puertas largas cortinas hechas por la abuela. Todos los niños de la casa aprendimos muchas cosas en esa cocina, la cocina de la abuela, la cocina de todos. Allí la vimos hacer delicias: envueltos de maíz, birimbí —una especie de postre entre dulce y salado—, jugo de mil pesos, un guiso muy especial de cebolla roja —cebolla de rama, ajo y bija que preparaba para darle un toque distintivo a todas sus comidas—, la famosa sopa de ratón de monte y de tortuga —que en aquel entonces comíamos sin quejarnos tanto, felices—. Y en ese enorme patio había una palmera de coco que estaba en todo el centro, mamá la había sembrado. Jugamos mucho allí.
II
...Te miras al espejo / como quien / se escudriña las entrañas, / buscando la llave del cofre /
que oculta un gran tesoro, / el tesoro perdido / en el cuerpo del otro…
Creación propia
¿Saben?, si se han fijado bien desde un avión cuando están llegando al Chocó, observarán una vista majestuosa de selva, verde y ocre por el color del río que se extiende como una enorme culebra. Si lo has visto, podrías entender las dimensiones y formas bifurcadas de mi pelo, parece que sus rizos y enredos no tuvieran límites ni posibilidad de ser abrazados por el peine. Mi pelo está profundamente insertado en mis otros modos de ser, es muy parecido a mí.
Mamá sabía que era curiosa como todos los niños del mundo, pero intuyo que mi curiosidad estaba en los libros, en los suyos, aquellos que usaba para preparar clases. Mi madre era maestra, y una de las mejores, porque le encantaba su trabajo y en cada comunidad que visitó su corazón se quedó en las personas de esos pueblos. En uno de ellos conoció a papá, en Orpúa, Pizarro. Fue así como el río y el mar se tejieron en la carne de ellos, y luego ese tejido transmutó en nuestra sangre. Aprendí a leer pronto porque mamá me buscó una maestra, se llamaba Rosita y era muy dulce conmigo. Mi profe de primero de primaria era algo particular: si no demostrábamos haber aprendido la lección, nos amenazaba con dejarnos encerrados en el salón para que el diablo nos llevará. Y con ese temor no pude aprender con ella. Y cuando por fin supe lo que ella quería, le dijo a mamá con orgullo que ya me había enseñado a leer. Creo que doña Luisa sonrió por diplomacia y para disimular la gracia que le causó aquel disparate.
Leí esos libros de biología y ciencias naturales sin saber lo que producirían en mí. Hasta que un día mi profe de segundo grado preguntó algo que solo yo sabía, porque lo leí en los libros de mamá. Me sentí feliz, fui la última en levantar la mano para dar la respuesta que se esperaba. A veces fui precoz, aunque admito que me gustaba leer, me hacía sentir diferente pero no más inteligente. Mi incapacidad de relacionarme con otros se convirtió en mi necesidad de dibujarme dentro de esas letras que empezaron a hablar sobre mí, y que luego utilicé para hablar sobre el mundo. Lo más cercano a lo que soy está definido en mi escritura. Aunque creo que las personas no pueden ser definidas o categorizadas como algo que se ubica en algún lugar o modo específico de ser, al menos no en mi caso. En la escritura encuentro una forma casi desbordada para decir y nombrar las cosas. Llenarlas de mí y dotarlas de emociones propias que se transmutan de mi piel al cuerpo de quien puede leerlas. No soy buena narradora, aunque aquí he intentado contar algo sobre mí. Tiendo a usar la poesía para desbordar la palabra y descentrar los significantes. Pienso que el ser humano, al igual que la literatura, no puede ser contenido en un número infinito de caracteres, porque su naturaleza es ser poliforme y dinámico. Somos un cuerpo que está tejido con otros cuerpos cultural y socialmente distantes. Nos hacemos en red para generar ese otro contacto con el mundo, que no nos pertenece, pero al que referimos y anhelamos continuamente en la soledad del tiempo que se va despacio y anuncia partidas y llegadas.
Estoy de espaldas hacia las personas en la sala de la casa, de rodillas encima de un sillón, intentando ver si es cierto que ha llegado el taxi. Sí, es cierto, mi mamá intenta despedirse en el momento exacto de arribo del carro; fue tanto mi enojo que con algo de orgullo y ego le negué la despedida, pero con la esperanza de que ella insistiera un poco más y poder abrazarla y decirle que solo quería que se quedara… Sin embargo, pocos instantes después la vi abajo, montándose en el carro de servicio público y unos segundos después se había ido.
Una lágrima gruesa fue la representación de lo que estaba sintiendo en ese momento. Ese día una primera parte del hilo de lazos familiares que nos caracterizan como humanos “normales”, sociales y estables se rompió. Por alguna razón ese momento no se encuentra plasmado en el álbum fotográfico del que les hablaré, pero lo traje a colación porque quise iniciar con uno de los momentos en mi vida que más sentimientos encontrados me genera y que ha contribuido a forjar mi carácter. Quiero contarlo, sin juicios ni culpables.
He crecido en una familia disfuncional de formas diferentes. He vivido en varios núcleos familiares, me han inculcado diferentes valores y he presenciado otros antivalores y a lo largo de todo ese trayecto he ido construyendo mi personalidad, he tomado lo mejor que he podido de cada espacio en el que he estado. Pasé por dos colegios y dos universidades, he alcanzado algunas metas, pero también he desistido de otras, me ha costado mucha tranquilidad, paz, desequilibrios y noches de insomnio armar la mujer que soy hoy. Por eso ha sido muy difícil encontrar algo material que realmente tuviese un significado importante para mí y que tuviera una conexión con mi niñez, con mi pasado, aunque en medio de una conversación completamente aislada de este tema ¡lo encontré!
El álbum fotográfico familiar es un móvil eterno al pasado, ahí están las fotografías de esos momentos en los que alguien dijo “congelemos este momento para la eternidad” y curiosamente así ha pasado. Tuve que recurrir a él una vez más para conectarme con lo que quería recordar, para utilizar las emociones precisas a la hora de contarles esta que es mi historia.
El 23 de abril de 1993, a las cuatro y treinta y cinco de la madrugada tomé mi primera decisión: salir y poner a trabajar mis pulmones; empecé a captar el oxígeno del medio y unos minutos después pude mirar por primera vez el mundo desconocido que tanto me esperó. Aún existen algunas fotografías de mis primeros meses de vida. Mi familia estaba conformada por mi papá, mamá, hermano y hermana, ambos mayores que yo por once y nueve años respectivamente. De mis primeros años recuerdo poco, a excepción de que le tenía mucho temor a mi papá, aunque también sentía mucho amor por él.
Cuando cumplí cuatro años mis padres se divorciaron. Yo quería y prefería vivir con mi papá, sin embargo, sucedió lo contrario. Meses más tarde mi mamá se fue a vivir a Italia e inició una nueva etapa en mi vida. Estuve los primeros meses viviendo con mis hermanos, luego fui a vivir con mi papá y madrastra (a la que le agradezco mucho) y a quién, por alguna razón que desconozco, no le gustan las fotos.
Los siguientes años, mis hermanos y mi papá también salieron del país por lo que tuve que vivir en casa de algunos tíos o de mi madrastra, dependiendo de la disponibilidad y eventualidades de la época. En todos esos años (diez, para ser más exacta) mi único deseo era que mi mamá regresara. Había venido al país un par de veces, pero desde que sucedió la anécdota que les conté al inicio, habían transcurrido siete largos años y no había vuelto. La comunicación telefónica era pésima, no encontrábamos temas en común, por eso los álbumes fotográficos se convirtieron en algo importante para mí: era la forma más cercana de tener a algunas personas que eran muy especiales en mi vida.
Cuando cumplí quince años, mi padre y hermanos se encontraban residiendo de nuevo en el país, a excepción de mi hermana que no regresó nunca más a la ciudad. Mi comportamiento era de una persona mayor, algo de madurez, seriedad y dureza me caracterizaban; había quemado mi etapa de rebeldía y para esta época ya sabía que no me había servido de nada, lo único que había conseguido era perjudicarme.
En ese contexto, tomé una decisión muy importante: desligarme emocionalmente de lo que me hacía daño, dejar lo que no podía cambiar y quitarles a otros la posibilidad de generarme emociones no gratas. Me tomó algo más de tiempo llevar esto a la práctica, sin embargo, este ha sido el principal pilar de superación en mi vida. Eso me permitió avanzar y dejar de insistir en cambiar lo que no está dentro de mis posibilidades.
Por mucho tiempo dejé de ver el álbum fotográfico, incluso me deshice de algunas fotos. Sin embargo, cada vez que lo reviso revivo momentos, anécdotas y emociones que me recuerdan mi historia. Ha sido mucho lo que he aprendido, mucho lo vivido y presenciado y con todo ese cúmulo de vivencias llegaron los aprendizajes.
Hoy he construido la mejor versión de mí, con la convicción de mejorar cada día, intentando tomar las mejores decisiones y sacando lo mejor de cada situación. Han pasado muchas cosas, algunas heridas ya han sanado, otras no tanto (pero lo harán). Es por ello que trabajo cada día para contribuir con la disminución de las familias disfuncionales desde cualquier ámbito pues soy una convencida de que, con mejores condiciones económicas, políticas, educativas, culturales y ambientales las estructuras familiares se mantendrán por más tiempo y el tejido social se reconstruirá, creando un ambiente más sano para todos.
No tengo mucho más que decir, agradezco a este proceso porque ha sido un eslabón más de aprendizaje y construcción, el mensaje que les puedo dejar es: tomen fotos, no sabemos quién necesitará una para conectarse cuando ya no estemos ahí...
Aquel viejo artefacto pareciera estar destinado a ocupar siempre el mismo espacio; el último rincón de la inmensa cocina campesina. Hasta que llegaba el tiempo de cosechar, momento en el que pasaba a ser el centro de las actividades rutinarias de todas las familias en mi comunidad. Generalmente era operado por hombres, debido a la rudeza de los manducos (mazos de madera) que lo hacían funcionar, aunque también muchas mujeres se le medían a la cuestión, sin importarles que sus cuerpos perdieran lo que hoy llamamos "feminidad". En definitiva, eran aquellos otros tiempos.
Aquellas mujeres “de verdad”, como se les llamaba a las que eran capaces de realizar cualquier tipo de trabajo, tallaban en sus cuerpos, como lo haría cualquier escultor con su obra, la rudeza con la que se vivía; piernas con pantorrillas anchas como cualquier atleta, brazos con prominente musculatura y abdomen perfectamente plano. Detrás de cada mujer con estas características hay una historia de lucha por sobrevivir que en lo personal me resulta admirable.
Utilizo el recuerdo del pilón cual máquina del tiempo para ir directo al pasado, justo en aquel momento en el que había abundancia de todo, incluso de sentimientos: bondad, amor, respeto, reciprocidad, obediencia. Mi niñez estuvo marcada por un momento de la historia de nuestro pueblo en la que hubo exuberancia de muchos frutos y alimentos de origen natural, de extraño nombre para unos, pero que traen gran recordación a otros como el marañón, caimito, la guama, el taparo, los mil pesos, el achín, y los más comunes como el arroz, maíz, banano, popocho, bocachico. Esa sobreabundancia es lo que más recuerdo y añoro de mi niñez. Imposible no hacerlo cuando vivo en un momento de la historia donde todo se ha mercantilizado y por lo tanto ha escaseado; ...la libertad de todo ser humano empieza por la capacidad que este pueda tener para proveerse alimentos de manera autónoma.
Pero hablemos ahora del pilón: ¿qué es?, ¿para qué se utiliza? Imaginemos una copa de cristal en la que normalmente la gente suele tomar vino, ahora imaginemos que esa copa mide un metro de altura y unos 30 centímetros de diámetro en su parte superior e inferior, y que además esta copa no está hecha de cristal de vidrio sino de fina madera. El resultado de esto es un pilón, utilizado generalmente para trillar arroz que es una especie de molienda en la que la fuerza que imprimen los manducos sobre la copa de madera hace que el arroz suelte la cáscara que recubre al grano (a esto llamamos “pilando”). Los manducos que lo hacen funcionar son igualmente de madera fina y tienen forma cilíndrica con un pequeño espacio para agarrarlo justo en la mitad.
Ahora veamos: el colino es un pedazo de tierra que cada familia posee en la que siembran y mantienen sus cultivos, destinados en su totalidad al consumo propio. La minga es una forma de trabajo asociativo en la que varias personas convienen hacer un solo trabajo para determinada persona a cambio de que esta se comprometa a hacer el mismo trabajo en favor de otra persona y así sucesivamente hasta que todo el trabajo de todas las personas intervinientes esté hecho (este sistema era utilizado por nuestras comunidades a la hora de la siembra y/o la cosecha de ciertos productos como el arroz y el maíz que demandan gran cantidad de mano de obra). La subienda suele denominarse a la marcha que hace el pez bocachico río arriba, aprovechado por los pescadores y la comunidad que deriva su sustento gracias a este pez de agua dulce presente en el río Atrato que bordea a Yuto, mi comunidad.
Yuto es un pueblo situado en la ribera del río Atrato, justo en el centro del departamento del Chocó, al sur de su capital, Quibdó. Su población es cercana a los 4.000 habitantes. Antes de 1997 perteneció a Quibdó como uno de sus corregimientos, después de este período se crearía lo que hoy conocemos como el municipio de Atrato y cuya cabecera municipal es precisamente Yuto. Antes de 1997 no tenía cuatro mil sino dos mil habitantes, pero gracias a las dinámicas comerciales y productivas del momento este se contaba entre aquellos con mayor desarrollo del Chocó, cuestión distinta al día de hoy. La importancia de Yuto radica en que es el punto de encuentro entre la provincia del San Juan (incluido el Baudó) y el Atrato. Allí, antes de que se construyera el puente que atraviesa el inmenso río Atrato, la comunicación se daba gracias a un ferri que cruzaba a los carros y las personas de una orilla del río a la otra (de lo cual aún existe registro físico).
Para cuando yo tenía ocho años, cada cocina de Yuto se caracterizaba no solo por el fogón y horno de barro en los que se preparan laboriosamente los alimentos, o por lo inmenso del espacio dedicado respecto de la casa, sino porque en ella abundaba la comida en una gama de colores que maravillaban la vista: el verde intenso del banano, el popocho, el primitivo y en menor proporción el plátano verde (para decir que aún no está maduro), el amarillo de estos cuando se maduraban, el rojo fuego del marañón y del chontaduro, el amarillo del caimito, el color tierra de la yuca, el gris del achín, y el maíz ¡ese sí daba gusto mirarlo!, pues en él podía uno distinguir colores que ni siquiera en la escuela te habían enseñado.
La cocina también era el lugar preferido de las gallinas que revoloteaban por todos lados en busca de tan exuberante comida. Tal abundancia se debió gracias a que cada familia conservaba para su sustento un pedazo de tierra que vimos que se denominaba colino. En ella cultivaban y trabajaban cotidianamente sabiendo que de esa tierra brotaba el alimento para cada uno de sus integrantes.
En mi casa, en aquel momento, vivían bajo el mismo techo cuatro hombres en edad de trabajar: mi papá, dos tíos y mi abuelo; yo era el muchacho de la casa y se suponía que debía aprender todas esas labores. Sin embargo, nunca fue así, en parte porque no me gustaba (como niño prefería jugar que cargar, pelar y bogar) pero también porque había suficiente mano de obra en casa, por lo me sentaba a mirar cómo ellos lo hacían. A mí me tocó el momento en que los padres entendieron que para mejorar las difíciles condiciones debían llevar a sus hijos a estudiar, por lo que de lunes a viernes se iba a la escuela, y sábados y domingos a hacer labores de campo.
Mi abuela, a pesar de lo que muchos puedan creer, era la autoridad de todo cuanto pasaba en el hogar. Mi abuelo, docente, líder sindical y comunitario, proveía todo para la casa, pero debido a sus labores casi nunca estaba. Como pasaba en la mayoría de hogares, quien lo dirige es la mujer, y gracias a su dedicación y laboriosidad profeso una gran valoración hacia la mujer independientemente. Pienso que eso viene dado de mi relacionamiento con ella, a la influencia que ejerció mi abuela paterna en mí y también a las otras dos mujeres que dejaron algo de su ser en mí: mi madre y su madre, es decir mi otra abuela, quienes me enseñaron que aquello del ‘sexo débil’ no existe, pues mi abuela fue capaz de sacar adelante a siete casi sin la compañía de un hombre, haciendo tareas y trabajos que para ese momento estaban destinados al mundo masculino.
Por su figura daba la impresión de estar tratando con una especie de superheroína o sencillamente con una “mujer chocoana” de aquellas. Con una estatura de casi dos metros, brazos musculosos, inteligencia aguda, sagacidad en los negocios y dispuesta siempre a defender los suyos, no había quién se atreviera siquiera a intentar pasarle por encima. De estas mujeres aprendí que la mujer chocoana es la verdadera causa del empuje y desarrollo de nuestra región. Si algún día alcanzamos los niveles de vida y de dignidad deseados es porque indudablemente habremos abandonado malos ejemplos y hemos tomado el ejemplo de aquellas mujeres que dándolo todo por su familia y viviendo en condiciones muy adversas, tuvieron tiempo para ayudar y alentar a todo el que fue en su búsqueda, incluso que pese a todo tuvieron ganas de salir a marchar, gritar y organizar las conquistas de la comunidad.
Pero ¿cómo fue que el pilón quedó en el olvido?, ¿cómo fue que pasamos de la abundancia a la escasez?, ¿cómo fue que nos volvimos consumidores en vez de productores? Para otros pueblos influyó en demasía el rigor de la guerra, el conflicto social, político y armado que azota nuestras tierras desde hace medio siglo. Aunque en nuestro caso, más que eso, el abandono de la tierra se debió a que, con el paso del tiempo, la globalización del mercado, las políticas de estandarización de la vida, la regulación de precios, las plagas, y que nuestros mayores (sin entender todo esto de lo que les hablo, sintieron que no tenía sentido alguno seguir cultivando productos que carecían de valor en el mercado...). A esto se le suma el hecho de que quienes nos fuimos a estudiar para ayudar a los mayores a mejorar su calidad de vida “nunca volvimos”, nos confundimos y entendimos que calidad de vida es andar en coche y hablar por celular. El compromiso era volver con nuevos conocimientos para potenciar la labor que se hacía en el campo; por el contrario, volvimos, pero a rechazar y negar lo que allí se hacía, la solución que encontramos para mejorarle la calidad de vida de nuestros mayores fue decirles: “¡Papá, mamá, vénganse a vivir conmigo en la ciudad. Yo a ese pueblo no vuelvo, allá no hay nada, acá está todo!”. Al cabo de un tiempo nos encontramos con escenas dolorosísimas:
1) El padre o la madre, o ambos, se van a la ciudad siendo un roble, pasados dos o tres años enferman y mueren de físico aburrimiento porque la ciudad no es su hogar, no tienen nada que hacer allá, no trabajan y se sienten como aquel león enjaulado que solo recuerda los tiempos cuando corría libre a la velocidad del viento o 2) El padre y la madre se quedan en el pueblo, solos, sin doliente alguno, envejecen teniendo que hacer labores para los que ya no están aptos y mueren solos en una choza destartalada en la que cae goteras por todos lados.
Por supuesto, habrá casos muy diferentes a estos, pero con el mismo elemento. No hemos entendido nosotros, los de esta generación, la importancia de las labores de nuestros mayores. Debemos regresar a nuestros orígenes, sin que esto signifique abandonar lo que hacemos, conectar el pasado y el presente, volver a la tierra, volver a cultivar, para que aquellos tiempos del pilón y la abundancia ya no sean solo añoranzas, sino que sean nuestra propia realidad.
Hace tiempo quería recordar a plenitud alguno de los sucesos que viví en los días de mi infancia, aquellos tiempos en los que bajaba por una escalera estrecha de madera a bañarme bajo la lluvia en el frente de una casa grande, construida a base de palma de chonta, tablas de un árbol llamado Carra y techo de paja; aquellos en los que veía a mis tíos apilar arroz o rajar leña sin camisa en las tardes, cuando se estaba ocultando el sol para que no les diera calor… Una de esas historias de las que hoy me quedan vagos recuerdos que con el intento de hacer memoria se me escapan entre la añoranza de aquella forma de vivir que ya no se vive.
Yo nací en Guiniguini, en Istmina (Chocó), y recuerdo algunas de las conversaciones de los mayores de mi pueblo en las tardes y noches de mi infancia. Recuerdo ver a mi abuela (o más bien a ‘mamá Irene’, como todos le llamamos) conversar largamente sobre grandes historias de la minería en un río llamado Mewé en el que ella y sus antepasados ‘mineaban’ y conseguían oro, al igual que restos de cántaros donde los aborígenes guardaban el metal en los tiempos precolombinos.
Haciendo memoria, recuerdo que en aquellos días una señora llamada Tanislada, amiga de mi abuela, la llamaba desde el borde de un camino que quedaba al otro lado del río Mewé, diciéndole con voz extendida: “Comaaaaadre, comadre Ireeeeeene”, una y otra vez, hasta que la comadre Irene le contestaba con voz extendida también: “Manataniiiii”, y otras veces: “Señoraaaaaaa”, mientras salía afanada de la cocina a la boca de la escalera (como dicen los mayores en el pacífico) para iniciar una conversación en la que se decían y preguntaban ¿cómo amaneció, qué hay de esta gente?, haciendo referencia al resto de la familia.
Me recuerdo con aproximadamente seis años, sentado en una banca de madera de esas típicas de las casas a orillas de los ríos en la cuenca del Pacífico, en bermuda, esperando el desayuno que seguramente era de plátano o ñame con huevo de las gallinas que criaba mamá Irene, o con pescado del que traía mi tío cuando salía de la finca donde estaban los cultivos pertenecientes a la familia (heredados de mi abuelo Jacob). O tal vez sentado en el suelo, esperando que mamá Irene se fuese a la ladera donde tenía la huerta con productos como cebolla de rama, cimarrón, tomate y pimentón, entre otros productos, así como orégano y el poleo, que son muy utilizados en las cocinas tradicionales en la región del Pacífico.
En la huerta pasábamos horas. Mamá Irene sembraba hortalizas y yo le pasaba tierra de hormiga, que según ella era la apropiada para la siembra. También me decía que con ese tipo de tierra las plantas no se morían y que si le caía plaga a la huerta le echara orine trasnochado, por eso ella se levantaba todas las mañanitas con una bacinilla pensando en las plantas que tenía en la huerta. Yo por mi parte antes de que me contase que eso servía para ahuyentar las plagas como ella afirmaba pensaba que era poco higiénico y que más bien mi abuela, o sea mamá Irene, era cochina.
La tierra de hormiga que mamá Irene utilizaba para la siembra era recolectada días o semanas antes de la plantación en unos terrenos de parientes suyos o en terrenos propios. Estos quedaban en la parte más arriba de la quebrada Mewé, por donde se desplazaba en una champa o potro como ella le llamaba, con palanca de recatón, porque decía que el canalete era para cuando se fuese a embarcar para ríos grandes y de aguas mansas como el San Juan, un río que queda cerca de Guiniguini. La champa o potro es lo que comúnmente se conoce como canoa, la palanca de recatón por su parte es un palo recto de unos dos metros y medio y de poco grosor que cabe en las manos permitiéndole a una persona bogar o empujarse cuando se embarca en una canoa; este artefacto también cuenta en uno de sus extremos con una protección de aluminio o hierro que no permite que la punta de la palanca se desgaste o se raje en el trasegar de los ríos y quebradas caudalosas.
Cuando se acababa la tierra de hormiga, yo tenía claro que al otro día tocaba ir a buscar y mis pensamientos no fallaban, en la mayoría de las veces nos embarcábamos en la canoa, mamá Irene en la patilla y yo en la punta como hacen los originarios de Mewé. Río arriba nos íbamos y mientras bogábamos en las aguas cristalinas, en medio de rocas gigantes que se encontraban a lado y lado a lo largo y ancho de la quebrada. Me contaba muchas historias: algunas no las comprendía, de otras simplemente lograba recordar algunos personajes porque en algún momento llegaron a visitarnos en busca de encomiendas que traía mi abuelo Andalino cuando llegaba del pueblo, a donde se iba los viernes en la madrugada a vender productos que cosechaba cada jueves en la finca. Los sábados los nietos estábamos pendientes de la llegada de abuelo Andalino, porque sabíamos que traería galletas cucas, el único dulce que posiblemente comeríamos durante los siguientes ocho días. Andalino fue la pareja que mamá Irene tuvo mucho tiempo después de separarse con el papá de mi mamá biológica, Moisés Murillo. Los nietos de la familia llamábamos ‘abuelo’ a Andalino porque nunca conocimos a Moisés, solo nos dijeron que había fallecido años después de separase de mi abuela, en un pueblo llamado Andagoya.
Seguíamos andando en la canoa y las historias iban y venían, pero yo estaba más pendiente de unas frutas aguas abajo que mi abuela me había dicho que se llamaban bobos y que se podían comer. Aún recuerdo aquel paisaje de la selva natural y hermosa por la que andábamos como si tuviera una foto en la memoria, o un video de aquellos momentos en que nos bajábamos de la canoa y yo veía a mi abuela (una señora de avanzada edad) treparse a los árboles para tumbar churima, una fruta de la familia de la guaba que se da a la orilla de los ríos en la cuenca del Pacífico. Yo solo podía sostener la canoa a la orilla agarrado de un bejuco o de una rama de un palo llamado pichinde, muy reconocido por la sombra que produce cuando crece, así como por el gran número de canciones que han compuesto cantadores y cantadoras sobre este árbol en el departamento del Chocó.
En ocasiones llegábamos a un sitio del que guardo poco recuerdo de cómo hacíamos para acceder. Nadábamos en una piscina natural de agua muy fría y cristalina. Esa fue la primera y última vez que durante el recorrido mamá Irene me dejó meter al agua a nadar, por eso lo aproveché al máximo; pero luego se me ocurría que para disfrutar más debía irme hacia lo más profundo de aquella piscina natural, lo que hacía molestarla y que me dijera que me saliera del agua y que nos fuéramos a seguir recogiendo tierra de hormiga. La historia sobre las vivencias con mi abuela es larga, porque cuando no había tierra de hormiga sacábamos abono orgánico de río, que servía igualmente para la siembra de las hortalizas que tenía en la huerta.
Estas y otras vivencias han sido de gran importancia durante mi paso por el mundo académico, activista, político y cultural. Con el pasar del tiempo, me siento convencido de que todos aquellos momentos son y serán importantes en el establecimiento de mi forma de pensar y de ver la vida. Los seres humanos somos el resultado de un proceso de construcción histórico, en el que nuestro contexto influye en doble vía, de manera positiva y negativa. De allí que mi postura en los espacios de toma de decisiones obedezca a un pensamiento ancestral, donde el territorio es visto como la vida misma, con el cual debemos tener una relación amigable, responsable y de cuidado. Ahora ya no vivo en Guiniguini, pero llevo grabado en mi memoria el recuerdo de las actividades que realizaba en su cotidianidad una matrona que reafirmaba día tras día su cultura y el legado histórico que le dejaron sus antepasados. Sobre lo que le aprendí me he propuesto avanzar en los espacios de toma de decisión para realizar grandes aportes a la transformación de los pueblos como el que ahora vive mi mamá Irene, después de haberlo tenido todo.
Cuando apenas tenía quince años llegó a mi vida el libro Piel negra, máscaras blancas, una de las reconocidísimas obras del filósofo y escritor martiniqués Frantz Fanon, de quien por cierto para esa época no sabía nada. Luego descubriría la importancia de su lectura en un contexto negro como el mío por lo que tendré que recapitular para que ustedes puedan tener el hilo de mi historia…
Yo nací en uno de los tantos barrios marginales de Tumaco, en la costa sur del Pacífico colombiano, en donde la pobreza se mezcla a diario con las ilusiones de la gente por hacerle un quite a la penuria y la miseria por medio de la cultura y demás prácticas tradicionales de convivencia y parentesco (o como se conoce normalmente en el pueblo: la familia extensa). Tratar de sobrevivir era una de las hazañas más duras que desde pequeños teníamos que asumir los que nacimos de la década de los ochenta en adelante, porque, como me lo dijo mi madre una vez, “somos hijos de la guerra”. Hijos de la guerra ¿por qué?; nacimos en medio de un conflicto armado que no nos pertenece, que se nos impuso a sangre y fuego por el control del territorio y los recursos naturales que este posee.
Esta misma guerra condicionó en gran medida mi vida y la de la gente de mi territorio, porque la única oferta que había para los jóvenes era empuñar un fusil e ir a matar a gente pobre igual a uno o por un plato de comida, para luego así escamotear el hambre que amenazaba con exterminarnos psicológica y físicamente en esa época. Muchos de mis amigos de infancia cayeron en la trampa del sistema (como a veces lo llamo) y endosaron su vida a los grupos armados, tanto regulares como al margen de la ley para engrosar las cifras de muertes violentas a manos del conflicto armado en el que nos toca nacer, crecer y convivir.
Los problemas que causó el conflicto armado en la sociedad y en mi generación son problemas que se encuentran anclados en nuestra psique porque nuestro entorno no nos brindaba otra alternativa diferente que la confrontación con el prójimo. Este es solo uno de los problemas que me tocó vivir en mi pesarosa infancia y adolescencia que, creo, es consecuencia de las secuelas del conflicto armado que impera en las mentes de las personas. Por otro lado, me tocó afrontar el problema de tener un padre mestizo y una madre negra.
No el problema en sí de que ellos fueran mis padres, sino lo que culturalmente eso significaba en un contexto como el de Tumaco, donde la mayoría de sus habitantes son negros. Yo vendría siendo, en la visión de mis amigos, lo que ellos llamaban coloquial y despectivamente ‘un cholo’, una mezcla de negro con mestizo. Tener que llevar esta cruz desde que tengo conciencia fue uno de los martirios más difíciles porque tenía que soportar las burlas y discriminación de mis amiguitos por mi color “raro” de piel (como lo llamaban ellos).
Así transcurrió mi vida, entra las balas de los fusiles y las burlas de mis amigos, porque fenotípicamente no me asemejaba mucho a ellos y al mismo tiempo con el dolor de perder en cualquier momento a cualquiera de ellos por la violencia armada que se vivía en el territorio. Efectivamente, el conflicto armado cobró muchas vidas de personas con las que me había criado en el barrio, entre burlas, juegos y chistes y de uno que otro familiar cercano, como uno de mis hermanos mayores y algunos primos y tíos.
Bajo este panorama, mi madre, que era (aún es) la que tomaba las decisiones en la casa, decide enviarme a Bogotá para que no me vayan a matar o algún grupo armado me vaya a reclutar en sus filas para que vaya a defender los intereses de sus organizaciones. Si en Tumaco la situación fue dura para mí, en la capital del país sí que iba a ser realmente un tormento mi estadía, por lo que me tenía que enfrentar a una cultura diferente a la que siempre había estado; además de eso, el clima sería otro problema al que había que enfrentar ya que Tumaco es uno de los lugares más cálidos del país, y en Bogotá…¡vamos!, es una nevera.
Los primeros días en la ciudad se podría decir que fueron realmente difíciles (aparte de tener que soportar el clima y acostumbrarme a la forma en que preparaban los alimentos) por lo que no salía de casa. Un día, uno de mis hermanos con los que vivía (porque nos tocó emigrar a varios hermanos para preservar la vida y buscar oportunidades de estudiar) me dijo que tenía que salir y conocer la ciudad para que pudiera empezar a buscar trabajo o estudiar porque la situación económica estaba muy difícil. En eso me dio una dirección y me dijo:
—Toma esta dirección y este dinero para que te vayas en un taxi, a las dos nos vemos allá; por favor, no te vayas a quedar en casa entre las cobijas porque necesito enseñarte algo.
Y así fue, efectivamente luego del almuerzo me dispuse y salí a la calle principal para tomar un taxi que me llevara hasta el lugar en donde me vería con mi hermano. Luego de casi media hora de espera a que parara un taxi, por fin uno parqueó cerca de donde yo estaba, por lo que pensé que pronto estaría en el lugar acordado con mi hermano. Me acerco al carro para abrir la puerta y el señor conductor voltea la mirada hacía mí y me dice en tono molesto:
—¡No llevo negros!, ustedes vienen aquí solo a causar problemas, deberían regresarse para su África —y arrancó a toda velocidad sin decir más nada.
Luego de esa escena me quedé petrificado, por lo que no entendía realmente por qué la reacción de aquel conductor y por qué me llamaba ‘negro’ si en mi comunidad mis amigos nunca me reconocían como tal. Desde ese momento empezó una duda existencial…
Después de casi dos horas esperando que algún taxista se dignara en llevarme logré llegar al lugar que mi hermano me había indicado en la dirección. Se encontraba furioso, por lo que me tocó explicarle lo que había pasado con aquel taxista y el porqué de mi retraso.
—¡Estos miserables! —dijo en tono acalorado. —maldito país racista que no valora y respeta la diferencia étnica y cultural, ¡¿hasta cuándo van a seguir descargado tanto odio hacia nosotros los negros?!
En mis apenas quince años de edad era muy poco lo que entendía de lo que mi hermano estaba diciendo, lo que sí sabía era que estaba muy molesto por lo que le acaba de contar. En eso llegó una joven de aproximadamente veintiocho años y empezó a calmarlo y me dijo cómo funcionaban las cosas en este país, y específicamente en Bogotá, además de que ellos (mi hermano y otro grupo de jóvenes que se encontraban al fondo de aquel lugar que parecía ser una oficina) hacían parte de una organización social de comunidades negras que defendía los derechos de la esta población en la capital y otras ciudades periféricas del país, como ejercicio de lucha por el reconocimiento político y étnico sobre la diferencia.
Ese mismo día, al finalizar la tarde y la jornada de discusión de los activistas de la organización, la misma joven se me acercó sonriente y me entregó un libro.
—Ten —me dijo. —Te lo regalo para que lo leas y tengas algo con qué distraerte y al mismo tiempo para que estudies y te formes, y cuando nos volvamos a ver me cuentas cómo vas con la lectura y qué tal te pareció.
Aquel libro era el que mencioné al inicio: Piel negra, máscaras blancas, la obra cumbre de Frantz Fanon. Y ahí me encontraba yo, delante de aquel objeto extraño para mí en aquella época. Realmente en mis años de infancia fue poca o ninguna la relación la que tuve con la literatura y menos con libros de liberación y emancipación del pueblo negro, por lo que no sabía realmente qué hacer.
En la noche, cuando mi hermano llegó a casa le conté que la chica llamada Ashanti me había regalado un libro y se lo enseñé. Inmediatamente mi hermano se dispuso a explicarme que lo que había hecho el taxista conmigo en la tarde era un acto de racismo y discriminación y que ese pequeño libro me iba a ayudar a empoderarme para poder exigir respeto sobre mi dignidad humana; además de eso, me habló sobre el autor y otras obras suyas como Los condenados de la tierra y Por la revolución africana.
Esa noche no pude dormir por las dudas que rondaban en mi cabeza, así que me levanté de la cama, tomé aquel libro y me dispuse a leerlo. Recuerdo que en esa primera lectura en aquella noche leí los dos primeros capítulos (‘El negro y el lenguaje’ y ‘La mujer de color y el blanco’) que resultaron estremecedores y a la vez muy reveladores para mí. Aquella lectura me hacía entender por qué mis amigos de la infancia se burlaban de mi color de piel, comprendí que sus mentes y conciencias se encontraban alienadas, y que igual que yo eran víctimas del racismo que los llamados paisas impusieron en nuestro territorio. También logré entender el odio con el que me había hablado el taxista que se negó a llevarme por ser negro. Ese día comprendí que vivir implica asumir postura y más aún en sociedades profundamente racistas y desiguales como Colombia.
Al día siguiente, cuando mi hermano regresó a almorzar de uno de los encuentros con los compañeros de la organización le rogué que me llevara a las reuniones, que yo quería hacer parte de la dinámica organizativa de aquel colectivo; él, con una amplia sonrisa asintió y me lo concedió. Desde aquel día hago parte de la organización, me convertí en activista y defensor de los derechos humanos de los afrodescendientes y de las personas en condición de vulnerabilidad y marginalidad, porque comprendí la importancia de defender la vida y el territorio como espacio autónomo de construcción de identidad de los grupos étnicos que viven en comunidades que los actores armados y el sistema capitalista nos han querido arrebatar. Desde aquel día, asumí el compromiso histórico de autorreconocerme como sujeto negro, comprometido con la transformación de las condiciones de vida del pueblo afro y de la diáspora africana en general. Reconocí mi historia, la de mis ancestros que fueron raptados del continente madre, traídos a América esclavizados, y reconocí la lucha que mis ancestros gestaron por obtener nuevamente su libertad huyendo al monte y constituyendo territorios libres por fuera de la casa del amo denominados palenques, en donde se pudieran recrear las prácticas culturales, culinarias, de cuidado del cuerpo y espirituales que el esclavista no permitía desplegar. Desde aquel día me hermané con el Muntú y otras filosofías de vida africanas, porque comprendí que yo soy porque otras y otros son conmigo; que mi humanidad es producto de la rebeldía de mujeres y hombres negros valerosos que no se cansaron de luchar por su dignidad, sentimiento que hoy está forjado en mi carácter.
Algunas noches, en la soledad de mi habitación, me vuelvo a encontrar con Fanon y su obra que transformó mi vida. Siempre resulta ser un bálsamo refrescante volver sobre su libro y su pensamiento que reconfortan mi espíritu y fortalecen mi dignidad como hombre negro.
Yo vivía con mis abuelos, mi mamá, mis hermanas, mis tíos y mis primas en una enorme casa de madera que se dividía en dos partes, que a su vez se dividía en otras tantas. El lado derecho era un largo pasillo donde estaba la sala; que se componía de cuatros sillas de hierro con mimbre morado. Un comedor de figura redonda al que cercaban seis sillas: cuatro eran propias y dos adoptadas del comedor anterior. Y finalmente separado por una ancha pared de tablas viejas, el cuarto de mi mamá donde yo dormía con ella. La puerta del cuarto era una cortina gigante que solo se bajaba en las noches y nuestro armario, como casi todos los de la casa, se suspendía sobre la cama, era un largo palo que se atravesaba de esquina a esquina y sobre él se colgaba la ropa.
En frente de mi cuarto, ya hacia el lado izquierdo y de atrás para adelante, estaba la cocina. Todo en ella era una reliquia. La nevera y la estufa las había comprado uno de mis tíos con su primer sueldo. Las ollas contenían tantas historias como años de existencia y los platos se veían gastados, pero aún en muy buen estado. Lo único que siempre se compraba en casa eran cucharas, por alguna razón nunca alcanzaban y había que tomar turnos para comer. Al lado de la cocina estaban los demás cuartos, que en realidad eran seis camas una al lado de las otras separadas por cortinas.
Entre el comedor y la sala, al lado derecho, estaba el televisor. Era un pequeño aparato electrónico de color negro en el que se podían sintonizar cuarenta y seis canales, a pesar de que para cuando yo era una niña ya entraban noventa y uno. Alrededor de aquel televisor se construyeron las relaciones de mi familia. En las noches nos congregábamos en torno a él para ver la telenovela del año. Y aunque no a muchos les gustaba el drama, lo más importante era poder reunirnos a conversar y reír.
El día después de Navidad, cuando mis primas y yo habíamos perdido la noción del tiempo mientras jugábamos, la familia se olvidó del televisor y cayó en un profundo sueño que no fue interrumpido por nada ni por nadie. Durante las fiestas, el televisor se ubicaba sobre el comedor porque el árbol de Navidad, que medía como medio metro, se ponía sobre la mesita de mimbre color morado que tenía un mantel, adornado con renos y copos de nieve que cubrían los libros y viejos cuadernos de la escuela que se arrumaban debajo de ella.
Al amanecer, mi abuela —nacida a orillas del río San Juan, en un pequeño caserío que no tenía iglesias o centros de salud— se percató de la ausencia del aparato electrónico, como le decía ella. Pensó quizás que alguien lo había guardado, por lo que no alteró los ánimos y se puso a hacer café. Siendo la mayor de tres hermanos de padre y madre, mi abuela siempre supo cómo cuidar niños, cómo hacer las tareas del hogar: coser, cocinar, asear. En pocas palabras, cómo llevar una casa. Cuando ella tenía nueve años, presenció a través de la televisión la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, aunque para ese entonces ya no vivía en el Chocó, sus padres la habían enviado a la gran metrópolis del Pacífico: Buenaventura.
Poco a poco los demás habitantes de la casa comenzaron a levantarse, nadie se percató de la ausencia del televisor hasta que mis primas y yo empezamos a pedir las caricaturas. La cara de desconcierto de todos se sumó al llanto de mi prima menor frente la negativa de poder ver televisión. —¿Qué pasó con el televisor? —preguntó mi tía la mayor.¿Será que se lo robaron? ¿Pero por dónde se entraron? Y con gran efusividad comenzaron las preguntas que de una u otra manera se respondían solas. Intentando rememorar las acciones y situaciones de la noche anterior, hacíamos cuentas de quiénes habían entrado y salido de la casa. En quiénes se confiaba y en quiénes no tanto. Se hizo una lista desde el más cercano al más lejano para descartar de a uno y así llegar a la verdad.
A pesar de todos los esfuerzos nunca supimos quién se llevó el televisor, pero lo que sí supimos era cómo se sentía vivir sin él. En las mañanas ya no podíamos ver las caricaturas, por lo que mis primas y yo volvimos a jugar a las muñecas. Y de vez en cuando éramos obligadas por mi abuela a hacer oficio. Las tardes se pasaban serenas y las noches se volvían una tormenta de emociones que estaban precedidas por las líricas historias de vida de mi abuela cuando era una niña y continuaban con esas mismas historias en la memoria de sus hijos.
Llevábamos cuatro días sin poder ver televisión. Estaba terminantemente prohibido ir a molestar a la vecina, por lo que solo asomarse desde el andén de nuestra casa a la ventana de ella era ya una desobediencia.
Lo último que recuerdo de que aquel televisor fue que, a pesar de su ausencia, toda la familia se reunió frente a la radio a escuchar la telenovela. Mientras algunos escuchaban atentamente, varios tíos hacían mímicas de las situaciones narradas en la radio. Descubrí en ese momento que mi familia era más que ese televisor, que la costumbre nos vuelve monótonos y que la pérdida siempre es la oportunidad de un nuevo inicio.
Círculos de Lecturacon Mary Grueso
Conoce nuestras cuatro jornadas de círculos de lectura guidos por la maestra Mary Grueso. Un espacio de esparcimiento, aprendizaje y creación mediante la poesía y la tradición oral del Pacífico colombiano, donde resaltamos y compartimos el saber y la memoria literaria de la poeta Mary Grueso


Narrativas visuales
Conoce nuestra serie de narrativas visuales donde, Junto a Andrés Mosquera, creador de la marca Enamórate del Chocó, buscamos destacar historias y anécdotas de diversos invitados, que transmitan mensajes de empatía, esperanza y solidaridad, desde diversas temáticas que resaltan los liderazgos presentes en la región.
Deporte Historias que Reconectan desde el Fútbol
Gastronomía ¿A qué sabe el Pacífico?
Recuerda Momentos que Enamoran
Contenido pa’ reconectar, desde historias, imágenes y videos , en estos momentos en el Pacífico Colombiano donde todos estamos en casa cuidándonos.
¿ A qué Sabe, el Pacífico Colombiano ?
La Cocina del Pacífico Colombiano es el gesto de AMOR más rico por el BIENESTAR de una PERSONA
Historias que nos Reconectan
Historias, imágenes y videos, que nos ayudarán a ver qué nuestros sueños nos unen.
¿ A qué Sabe, el Pacífico Colombiano ?
A qué Sabe el Pacífico Colombiano?
Desde el Barrio Yesquita nos Responde “Sabrosura Chia”
La Cocina del Pacífico Colombiano es el gesto de AMOR más rico por el BIENESTAR de una PERSONA
Recuerda Momentos que Enamoran
Contenido pa’ reconectar, desde historias, imágenes y videos , en estos momentos en el Pacífico Colombiano donde todos estamos en casa cuidándonos.
¿ A qué Sabe, el Pacífico Colombiano ?
La Cocina del Pacífico Colombiano es el gesto de AMOR más rico por el BIENESTAR de una PERSONA
Desde el Barrio nos cuenta a qué sabe el Pacífico Colombiano
Historias que nos Reconectan
Historias, imágenes y videos, que nos ayudarán a ver qué nuestros sueños nos unen.
¿ A qué Sabe, el Pacífico Colombiano ?
Cada día vamos fortaleciendo desde el conocimiento de nuestras riqueza y qué mejor desde la gastronomía, pero saberlos de los que fortalecen día a día es un honor.
Recuerda Momentos que Enamoran
Contenido pa’ reconectar, desde historias, imágenes y videos , en estos momentos en el Pacífico Colombiano donde todos estamos en casa cuidándonos.
¿ A qué Sabe, el Pacífico Colombiano ?
Cada día vamos fortaleciendo desde el conocimiento de nuestras riqueza y qué mejor desde la gastronomía, pero saberlos de los que fortalecen día a día es un honor.
Podcast Narrativo
Escucha en este espacio diferentes cuentos y narraciones, ideales para compartir en familia. Traemos narrativas que recogen la oralidad y ancestralidad del territorio de la mano de Andrés Angulo, miembro de nuestra red manos visibles.
¿quiénes hacen posible esta iniciativa?
FUNDACIÓN SURA
Creada en 1971, la Fundación SURA participa en iniciativas que contribuyen al desarrollo de capacidades y al bienestar de las comunidades en Colombia y en otros países de América Latina. Focaliza su inversión social en tres líneas: Calidad de la Educación, Promoción Cultural, Fortalecimiento Institucional.
Manos Visibles:
Somos una organización sin ánimo de lucro que potencia y conecta liderazgos de regiones en condiciones de exclusión, generando ecosistemas que transforman los territorios y fomentan la inclusión. En diez años hemos logrado, consolidar una red nacional con más de 3000 líderes transformadores y cerca de 400 organizaciones comunitarias impactadas en más de 20 municipios a nivel nacional, con énfasis en el Pacífico Colombiano.



















































